lunes, 3 de septiembre de 2018

Hildegard von Bingen (Crizanta caldemia)

Iluminaciones de Liber Scivias. Hildegard von Bingen y Volmer

Nublado. Y las 12:15. Después de haber leído en un zigzag, las apariencias se levantaron según la marea de letras se coordinaba; el margen dobló por una esquina equivalente a una imagen, a una yuxtaposición de este Y/O lector, y cuando el hambre se convirtió en protagonista, la lectura se diluyó en intermitencias, episodios que desembocaron en la fijeza del amarillo en un revuelto con ajo y cebolla. 

Pero. Al margen, La Duda. En un trozo, El Tiempo. La curiosidad por la palabra Reliquia envuelta en un imprudente olor a mirra. Inclusive, el éter cuajó parte del hambre y el olor de la carne en el verbo Azar. Puse a un lado la lectura. Y El Internet, devoto al consumo, al círculo intestinal de ácidos, gases, invisibles cuerdas que empujan los molinos, orden impecable de cada órgano en la cavidad peritoneal, llegó, justa presencia, a la pantalla, tal noble caballero (argente) cabalgador de circuitos, navegante de motores, circunvalando el Wi-Fi, hasta desmontarse en la página enamorado: 

Aparece el rostro apretado, ovalado dentro del negro, los rasgos femeninos sobre los blancos del garguero y el hábito. Y a veces una piel que, antes que se descubriese la canela, pudiera haber conocido el sol; sin embargo, puede que le pertenezca dicha patina, se argumenta, a la lenta cocción de las calderas del conocimiento divino, y que, por ello, aparece interpretada en varias pinturas bajo lenguas de un fuego superior que desde ella se elevan. Hildergard von Bingen.
  
La lengua japonesa siempre se ha acercado a lo ignoto. Y sucede que, en el momento de contacto, ante el acto de nombrar, (se) atrapa en el misterio el infinitésimo fragmento equivalente a la inmensidad de lo perdido. Hidelgard von Bingen rumió ante lo mismo. Y tuvo que haber vomitado ante la crizanta caldemia. 

miércoles, 29 de agosto de 2018

Teratología

 
Frau auf Sofa (1967) Gerhard Richter


 Isabel se pone un vestido de franjas anaranjadas, sin mangas. Y un poco más tarde, frente a la ventana que acaban de arreglar, se transforma en una gata. Se encoje en el sillón y hacia el vidrio. Y con las orejas atentas, observa a las ardillas retozar sobre las ramas secas del moral desgajado como si en cualquier momento pudiera librar la distancia del patio en un increíble salto. 

Antes de Isabel interrumpirme la lectura, se asoma La Parálisis. El encuentro del viaje y la latitud de las imágenes se esfuman. Y también, la creación de la grieta por donde se asoman los momentos entre sus arquitecturas, y el fluir cuando la gente en sus paralelos se cruza. Las casas victorianas de Cape May regresan bajo sus frondas, y el incierto rumor de sus ventas, los pasillos decorados con espejos y tributarias flores de florentinos plásticos; aparecen trozos incompletos, paredes descoloridas a pesar de una abundancia de pigmentos, a pesar de los excesos de las sombrillas agitadas por el viento en las playas.

Desde el sillón, Isabel, antes de maullar, se queja de claustrofobia. Intento conversar sobre el mapa aéreo de los grandes ríos. Que al desembocar se convierten en una fruta azul como las ondas del Wi-Fi. Y que el agua es una raíz, un mapa hacia al averno donde el meollo es un tipo de síndrome bancable. Y, sin embargo, me pide un dólar. Necesita salir a tomarse un café.

Aprovecho el silencio. Sigo la lectura. Me atrabanco en lo deforme. ¿Teratología? Desde aquí hasta el refrigerador, dentro de este frasco floto conmigo, despacho la primera cerveza del día. Y cuando regreso a la lectura, el llavín de la puerta. El cuerpo de Isabel se desliza de vuelta por la ranura de la puerta. Y una vez completada la entrada, se enrosca en el cojín del sofá donde tiene una amplia colección de sombreros de cumpleaños- cónicos, rojos y amarillos, añiles, verdes tercos, confetis brillantes, plumas de gallinas lilas. Alineados contra la pared, cabezas imaginarias, en espera de un cumpleaños, suman 14.  

Isabel cierra los ojos y se duerme sobre un libro. Y queda en la miniatura de este espacio el leve ronquido que le devuelve su forma. Prefiero regresar a la lectura. Y descubro que, en el latido, la sangre se riega transparente, y en busca de sentido se parece al moco gelatinoso. 

martes, 21 de agosto de 2018

¿Será que V. S. Naipaul ha muerto?


V. S. Naipaul (1980)

Entre los plátanos de Bryan Park, de golpe, las biznagas malagueñas. Coronas, al deshacerse, orzuelos y nepentes, muslos, pasan en la jornada del verano. 

El calor es otrora punta en este cuadrilátero. Arma un andamio. Embarca la cavidad, amplifica sobre las mesas y sus sillas el pasto de este parque. La única conversación por sus anexos da varias vueltas, y antes de llegar, 

El sol penetra las cinturas. Y. Los cuerpos, única tapia, son el cuarteado óleo de cada gesto que reguarda la indumentaria y se examina en su política y los gorriones. 

¿Será que V. S. Naipaul ha muerto?

Algunos turistas aparentan repicar en los paseos el ruido de las rocallas. Otros, cargan lo sápido de las compras, el blues dedicado a un cabeceo interior. Y con ello, la inatendible búsqueda del YO. Mientras la mayoría, mucho más lejos, en las pantallas de sus teléfonos, encuentran el plasma del revés. O. La verdadera historia,

Perhaps, donde el viaje se entiende cuando un grupo de filipinos se refugia bajo la sombra de la pared norte de la biblioteca de Nueva York para sacarse un selfi.   

lunes, 23 de julio de 2018

El moral ha muerto

Clau 16 (Antoni Tapies)

El moral ha muerto. Las tachuelas de la ventana se han caído de un tirón. Y detrás, el moral, en dos rajado, simula una zancada verde. Y por la entre pierna, allá, el semáforo, el vector blanco de la escuela -prismas y ventanales- se ensimisma. Las jirafas del edificio a dos cuadras, cabecean mientras huyen. Y mucho más cercano, por encima de la cerca, la miopía del oeste amenaza a la destrucción del chiste. ¿Y quién se reirá en una era de afiebradas facecias por un moral que jamás dio fruto? Algunos levantan la cabeza al pasar. O. Tres niños hasídicos caminan en silencio tomados de la mano. O. Los adolescentes gritan histéricos jugando baloncesto en el patio de la escuela. O. Toda esta configuración de figuras en La Lengua se transforma en signos.


jueves, 19 de julio de 2018

Vitela mongana

Lanzerote 6 de Miguel Barcelo

Qué fruye de la vitela mongana. Del útero todavía el olor a sangre, y temblorosa por las ubres su hocico busca del cielo quebrado la fórmula del dios, híper colgante del enjambre el pezón succiona si mano si fortuna puja su hierro y blandura para cuando enfrente al preludio, como miembro o congreso sin desasosiego, en la redondez del plato y en el cuadrilátero de la desmesura que un buen falo cortará. Fundirán las ternuras su llegada al mundo en el arca de No he.

miércoles, 18 de julio de 2018

Matinal

Ingmar Bergman

Hoy. 1- Mónica Vitti al lado de la mar. Barcas, aguas leonadas, velas que se pierden en blanco por donde 1960 era un secreto. 2- Un huevo hervido, a medio explorar, aceite hecho virgen, y en cruz el bálsamo de la sal en su clara advertencia. 3- Isabel tiene en la espalda, según el esqueleto que carga, el Pero de sus cosas, el peso de mi mano, la curva del dolor, y la cama. 4- El perro del vecino no hace otra cosa que ladrar cuando abro la llave del grifo. 5- Amengua el calor. Las hojas en el moral brillan y se mueven detrás de las mismas búsquedas. De frente o detrás de los mismos ladrillos la pereza de una brisa. 6- ¿La mesa de abedul o bodegón? Una mano de guineos, tres peras, y una bocina forrada de tenso gris, reposan sobre el mantel. En la urdimbre del mantel, el Pac-man de Mondrian engulle los tonos verdes, rectángulos y cuadrados, ante mi tacita de Limoges color Luis XV. 7-El perro del vecino no deja de ladrar después que ha oído a mis correos electrónicos escapar dentro de un avión de papel. 8- ¿Será que la retracción que podría ser un poema aterriza en el patio de la vecina que descalza y en chores riega con una manguera verde el cemento? 9- 1966. Alec Guinness y Pacho Alonso. The Quiller Memorandum y María Caracoles. Berlín y Mozambique eran una lectura de colores sin retoque. 10- Debería culpar a Canetti por esta mañana que se mueve de reojo tal crema análoga. 11- Se me olvida el nombre. El de La Nieve. El del actor de cara larga. El del hotel silencioso. El hijo del pastor. Coño, el de las rubias de melifluas tetas. El de las frutillas y el reloj. El de Los Sellos. 12- Isabel, recién levantada, sugiere que el culpable de tanto peso podría ser Bergman.

sábado, 14 de julio de 2018

Aprieta el calor


San Lorenzo Mártir (1636-1639) Francisco de Zurbarán

Aprieta el calor. Sin saber por dónde los hilos se encojen. Ni cómo la libreta roja está ahí abierta, engurruñada piel de endrina, encendida por las letras y tanto manoseo. A menos que giren las hélices del ventilador, el estado del hoy por hoy rota perezoso- entre una palanca y los cuatro deseos de irme al carajo en un decir discursivo, casi hipoxia.

Del lado de mi nadir comparto la soledad de San Lorenzo. Batipuertas. Por si llegara algún vientecillo desde Rutherford dejo abierto el pecho, la cabeza mal cortada. Y antes de jalbegar todo esto y quede sin memoria, hasta el refrigerador llego casi avergonzado. Y se me olvida qué busco. 

Albedo de cidro. El aroma, estos ecos, llegan algodonosos y con 80% de humedad. Es un buen momento. Refrescada la memoria, resisto las esquinas de La Sala y La Biblioteca, entolo en la ventana, el moral, lencerías, aljamías (susurrado solitreo) desde las bocinas que se escurren por las calles, eróticas y vibrantes.