lunes, 26 de diciembre de 2016

Eróticas

La Ópera Garnier


1

Y confiesa. Al entrar en La Ópera Garnier. Que. Cada peldaño, arabescos las vetas del mármol, los cinceles sus cortes, suavidades, los pasamanos en negros y oropeles en lo intangible. Todo el rojo de las butacas envuelto, ternura sus decadentes ácidos, el olor, las ropas allí que rozaron entre los aplausos el azimut de las arias, el plagio fornicando a una mezzosoprano, cuando el telón se cierra y abre bajo su peso el terciopelo, un silencio Luis XIV en una espesa cabellera, (eros) que atrapa detrás, y que, hacia la gran Araña, se hunde en la lipotimia de un cuello por brotar entre tanta urdimbre indetenible.  


Intermezzo

Las confesiones. Eróticas o incertidumbres. La ineficacia entre lo fricativo y lo labial, el hueco de sus sustancias siempre hacia las aguas en el fluyente de una forma mas cual. La funda. Ese contenedor, lumbre ante el mínimo olor de su gesto. Un mínimo ardor dentro de su propia pereza cuando se le pasa por al lado y levanta su mano Chagall?


3

Además. Los árboles. Confiesa. Esa impotente presencia. El individuo del tiempo. Encarnador, grosor que fuera paulatino crecer, un adamo sobre las esencias de cada anillo, el invierno. Pero, lo confiesa con los brazos. Como si abracara una cantidad en Bavaria, en los montes de eucalipto que viera entrando en Galicia, o y el solitario drago, la carrasca, el roble, y se perdieran en su nominalidad, y en sus permanencias bajara el eco. Es lo que dice sin mencionar el hacha, las nevadas, las tormentas, las cosechas. Que (algo) tienen algunos sobre la corteza donde estalla una piel que conecta. Lo dice. Y lo vuelve a explicar. Sin mejorar lo susodicho.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Una Casa en blanco

Antonio Machado de Joaquin Sorolla

I

Verdes senos y de movedizos aires las acacias me sepultan. Una Casa en blanco. Las legumbres de la mar agitadas. Y sobre la marea, un sobre vacío. Sin noticias llueve.


II

Sube el humo hasta aquí. Crecientes lumbres reguardan los alargues. Distante se oye la mar romper con su martillo el juego de la orilla. Y da igual. Algo se quema dentro de mí. 

miércoles, 21 de diciembre de 2016

La pose


Baigneuses (1929) y Massimo Campligli

No hago más que cambiar la pose. Y otra la posición con que se aparece un vaso de cerveza descarbonatada en el derruir de Deniz. Cuando ponía el oído debajo del sobaco y se alternaba leyendo a quixotazos las majaderías de Bishop, aquejada por los mosquitos brasileros, quienes acostumbrados a sangres meridianas se la banqueteaban como coctel lácteo. Y si intento desabrigarme, fastidiar con otro instante de mayor versatilidad, toco el yeso de Martí rodeado de un rosedal, tarde sobre un trozo de pan con azúcar, el muelle moviendo la sensualidad en una bandera, aguas al margen de lo ominoso, mientras mi padre escrudiña el norte en la inmensidad de la mar, y detrás de su cuello los montes, la estación, cultivos, verdes sofocantes. Y después de un rato la palabra “oruga”, y regreso cultivo. A la pose donde el rotor del hombro me abre (.) sin remedio a la oscuridad donde oigo, en mi costado, a Isabel roncar.

jueves, 15 de diciembre de 2016

El Ruido Aplacador

Natura morta di vaso su un tavolo (1931) Giorgio Morandi

El trofeo del agua al pasar: tuberías plásticas, venas, refractores, la algarabía desbordándose debajo en sus torrentes: Y al mirar sobre el hombro de todas estas amputaciones, esferas mediadas en ese estribo, aparece una bolsa con hielo, espacio, derritiéndose en la esquina de la cocina.

Sin embargo, desde anoche, El Ruido Aplacador, fístulas en drenaje, todavía el chicotear en el deseo de dos huevos en el sartén. Cómo todo vuelve sobre sí a involucrarse! Este indulto, sin percatarse el oído, que aparte en su ensimismamiento, quebrado, se encima por los acúfenos en sentido contrario. 

martes, 13 de diciembre de 2016

Debajo de Mnemósine pongo un nombre


Mnemósine, Dante Gabriel Rossetti 

Debajo de Mnemósine pongo un nombre. Un whiskey a la roca. Ella. En su cabellera funjo de tetraciclina, cochinillo y conejo, butifarra, el desparrame del cardumen o y ese algo detenido ante el ventanal de esta primera helada que ofrece diciembre y o el desmadejado disputar de la eternidad al pasar un enjambre de copos entre las piernas de la titánide.