jueves, 15 de marzo de 2012

Los idus de marzo (Iddy y el rizoma de los higos de Colindres)


15 de marzo y 2012

Llovería. Sueño con Iddy y el rizoma de los higos de Colindres. Ambos, como en los malos sueños, se esparcen en un replay por mi vida. Los higos, nietos de un largo viaje, terminan flotando en los azúcares de un pomo. Y allí se pierden de vista en una larga espera. A Iddy la voy a buscar en una estación de autobús. De pañoleta y gafas de sol me divisa. Y toda su altura se me acerca con la aflicción del cariño. Un frío dentro de su voz me descubre cuando me dice Cariño antes de ponerme la mano en el pecho. Lleva calcetines altos y negros y una falda de guinga. Pero es su voz la que, en un infinito repetir de cuadros rojos, siento acercase a mi boca. Así. Tan cerca. Ante sus largas manos, me paraliza una intuición que no logro darle forma. ¿Qué empuja, en el filo de la ficción, un ropón de encajes de Chiswick cuando por fin la beso? Pero besar es otra ficción que propone y no altera el vacío, las proporciones, los remates. Hemos quedado a la intemperie. Dos estatuas que se han dado por terminadas y se dejan hacer Lo que tú quieras. Después, el cuadro de mis repetidas tristezas. La grasa antigua. El desliz de cosillas, en negro y resbalosas, se va cuchicheando hasta abordar el sitio de lo inconversable.

martes, 13 de marzo de 2012

La errata de Kandinsky

13 de marzo y el 2012



Grave asunto. La joroba de la luz se pega en el lado norte de los cedros. Me quedo acá sentado con este pedazo de marzo sin resolver la resaca verde. O. Y. La errata de Kandinsky.  El viento despeja en las bolsas plásticas otra hora con mejor digestión. Supone (barométrico) estallar contra la alegría y disponer de esta levadura de los agrios, arremangar la camisa y el pellejo de este invierno. Los intervalos. Otra vez. Medio asomados, ya algunos gladiolos se estremecen en la mar de la ventolera que viene oteando desde los lagos de Minnesota. Que viene hace rato. Desde las costas de Japón y China. Desde entonces. Desde donde Mucho más arriba pasa una bandada de gansos de nieve en dirección contraria a las nubes. Y cuando pasa, por un momento, se recuperan los errores. Un pino gigantesco, frente a mí, se mueve dentro del mamut que lo envuelve.

jueves, 8 de marzo de 2012

Marranas 39




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Do sultanes y prepucios expuestos paralelos.

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Do amnistía para pericos.

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Do estudios por coacción en cuatro patas desafiantes.

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Do la regla de fa y sol me la lame.

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Do el pájaro trueno cagado de frío.

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Do compinches campanas son comadres sin apellidos.

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Do curvas tras la última recta intentan rectificar.

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Do Arizona se inunda de ranas pero Tucson de Patsy Cline.

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Do sur por nort por este. Y. O. Este.

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Do y dos son esos sesos.

martes, 6 de marzo de 2012

El experto en patrística



6 de marzo del 2012

Ostenta, entre algunos conocidos, que sus huevos pasados por agua le salen perfectos. Cuando uno lo escucha, jamás sospecharía que detrás de esos huevos, llevados a la delicadez, haya un experto en patrística. Calladamente se refunde con la muchedumbre de marzo. Cruza la 5ta. Avenida y la calle 42. La tarde con sus sacarinas lo encandilan, le corre por la piel una sensación tan espantosa que tiene que sentarse en los escalones de la biblioteca de Nueva York. Por allí pasa el mundo. Concibe. Se lo asegura. Le hubiera gustado entrar en la catedral de San Patricio Si me hubiera hecho el propósito. Propósito. Y se lo dice en voz baja. Caminar por la oscuridad y dirigirle la palabra a San Reinaldo en esta hora de esplendores cuando la luz, a esta altura del invierno, ya cambia y el cuerpo se anima, y el  animal se transforma. Si lo hubiera hecho, y puede escuchar a una pareja de turistas que pasa discutiendo a gritos, desde uno de los bancos traseros observaría a Santa Camila (resplandeciente) con sus pliegues rosados aguantado la pesada cruz que arrastrara San Expósito hasta el momento de su expolio. Y él, desde allí, descansaría, de la ocupación del día. Del bullicio y el corre corre. Nada como sentarse y refrescarse en los bancos de una catedral. Abrirse un botón o dos y dejar que el frescor y la humedad le lleguen hasta las tetillas. Y desde luego, mirar a la gente entrar y salir sin saber que buscan. Folletos en mano, mirada alzada, imantados por los brillos del altar o por los abundantes racimos de flores (blancas) frente al púlpito, justo donde parece caer una luz mágica y desoladora. ¿Será ese gusaniento espanto que siempre lleva en el pecho que no le permite ver más allá? Es la vieja incógnita. Durante los años universitarios, y después en el seminario, la voluntad se le perdía entre la gente. Y su devoción por las historias místicas le fue cobrando momentos tortuosos. Todavía puede ver frente a él, en la mesa de la biblioteca del seminario, el viejo pergamino con un dibujo de Santa Gertrudis de Menetras, rostro al cielo, túnica miel y carmesí. Qué belleza. Había quedado conmovido por la insistencia con que aquella mujer pudo afrontar las trampas y los escondrijos del alma para aflorar en la cresta de la piedad y los altares. Allá en el fondo, le aterraba toda devoción. Lo que tenía que transitar por la terminal desierta de la confesión. Y sobre todo, abominaba la entrega. El lodazal de las cegueras momentáneas cuando la fe flaquea y esa voz escondida en los propósitos divinos se convierte en un sello del silencio. Cómo batalló. Perpetraba sus mejores dudas en las noches. Las codiciaba. A veces, en el momento antes de caer en el sueño, imaginaba en variantes, que bajo la sombra lunar de una haya leía con La Santa Teresa de Bernini, a quien tanto deseaba, y le ajustaba sobre sus poemas unas esteras que se elevaban directamente, de entre sus perniles, hasta la presencia del páter. Ahora, sentado en la escalinata, entre los dos leones de la biblioteca de Nueva York, y que respigan aquellas noches, se le asienta, en el cielo de la boca, la sed en medio del incesante tránsito. Una sed muy parecida a las de aquellas batallas nocturnas. Mira hacia  su derecha (downtown) y calcula que el bar McCoy’s está a nueve cuadras. Es cuando mira su reloj que el deseo se le aparece en la forma perfecta de un vaso de cerveza. No pierde la serenidad. Antes de levantarse, ve el sudor transparente que rueda desde la boca (espumosa) y baja engordando hasta el culo. Franziskaner Weissbier Dunkel. Concluye que sería una hermosa manera de violar la ley de pureza bávara.

lunes, 5 de marzo de 2012

Marranas 38



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Do supura por su becerro leche por hervir.

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Do bajar por el esófago sin poner batalla al molar.

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Do cerezas hay abren, de encía a encía, chorros de sangre.

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Do Leonard Cohen trashuma por la ubre de una cabra.

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Do amino ácido en tus labios domado con los míos.

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Do culo sano de rana enferma.

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Do ano en ano pero uno solo.

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Do Cupido ensalivado.

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Do furcia una vez ramera maromera.

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Do pastor enamorado de su piel.

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O do meninas mimadas en un prado.

viernes, 2 de marzo de 2012

Carta abierta


2 de marzo y el 2012


De greñas. De sándalos. Dos cobrizas ruletas de nubes me cobran la mañana. Pienso haber estado en otro sitio (parecido) menos obvio. Una canica dentro de mí que rueda. Mis cosas, con su poco orden para que yo emprenda el día, están empacadas como un estómago enfermo. Allí se esconden en lo confidencial. Unas contraseñas de tripas y nudos, ácidos que han redondeado las esquinas y suavizado los filos. Por ejemplo: cargo con un corazón de goma y una cajita de aspirina hace 20 años. El corazón ha ido oscureciendo y con él nunca he borrado. Las aspirinas nada aliviarían. 

Observo a la conductora del autobús 167. Empuja el timón del autobús con certeza. El aparato la obedece. El parabrisas es una pantalla por donde pasamos. La conductora tiene el pelo rubio y desgastado por viejos tintes e insistencias. Es una mujer dura. Amarilla de tez. Arrugas prematuras. Entre una voz dulce y flemosa le pregunta el destino a los usuarios. Toma el dinero. Devuelve el cambio. Cierra la puerta. Mira los espejos. Y arranca. Cuando la vuelvo a mirar, me parece un maniquí sentado en una sala de cine. 

Le huyo a una conversación de dos mujeres que intercambian impresiones sobre el valor que hay que tener para soportar a un hombre borracho. Detrás de mi asiento, la voz más joven se detiene por un momento en la memoria y calla por unos minutos antes de comenzar a sollozar. Acudo al ipod. Cuando me percato, ya el canto hondo va por La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado. 

De vuelta al apartamento, encuentro, debajo de la mesa de la cocina, el volumen de la Editorial Emecé de las obras completas de Jorge Luis Borges. En la página 946 hay una carta en un sobre abierto. El sobre tiene sello rematado el 18 de marzo de 2001. El sobre está escrito en tinta azul con los rasgos de un punto itálico de una pluma estilográfica, y como destinario Isabel. Reconozco mi caligrafía. Leo la carta. En ella le instruyo que lea la página 946. Y más abajo, le pido que una vez leída, busque el título Spices y lo abra en la página 78. Le aseguro que allí está la clave. Le pido que Al recibo de esta y cuando desees me des tu opinión. Te quiero. En la página 946 y 947 aparecen dos poemas con el mismo título: Buenos Aires. 

Después de sentarme al borde del colchón y releer la carta, presiento (y me entristece) que no tendré la misma suerte con la página 78 de Spices. Por muchos años el título estuvo en una columna de libros al lado de la chimenea. Hace seis años, en una de esas limpiezas generales, creo haberlo visto donde guardaría las toallas, y que ahora está ocupado por las obras de Pessoa y Lispector. Creo que, a estas fechas, sería una total imprudencia llamar y preguntarle a Isabel.

jueves, 1 de marzo de 2012

Park & Ride


29 de febrero y el 2012


El autobús. El 167. Ha parado. Algo se ha detenido. Por la ventanilla la anunciación del pasar de los autos por el Turnpike de Nueva Jersey destapa un lejano ruido que se diluye con la voz de Patsy Cline en mi ipod. Mirar en cámara lenta puede ser destructor. Algo falta en todo esto. Y por muy lento que lo mire algo se esconde sin regreso en este paisaje. Según Patsy es como un amor de lejanías insustituibles. El problema consiste en no creer en esos amores. Para mí su voz tiene una playa. La costa abierta. Las olas cuando rompen. El sabor de un chevy azul. Camarones y albariño. ¿Y cómo puedo yo creer que vivo en este sitio. En este 29 de febrero?  Sigo, allá en la pista, a un auto blanco hasta que se pierde a mi derecha rumbo a Hackensack. Y lo que deja atrás es un verdadero agujero en la voz de Patsy Cline. Una blancura hecha de un girón que ya no está. Otra vez no sé qué hacer. Tendré que bajarme de aquí y seguir viviendo.