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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Marranas 53



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La pinza jalando las cejas, y a la romera en el único punto donde canta La Ironía. Y en sus grandes ojos una pareja de cónicos estados de belleza.

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La belleza y la jardinería. Y la hilacha de una hoja (temblor) ante la jáquima de un viento desde el patio del vecino.

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Noruego. Lo había pensado. Bicarbonato y las explosivas y diluyentes compresiones del estómago de un hombre rumiante.

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Cabrón. Igual al pozo donde se ahogó el hijo de Beba. El mismo día que salió a buscarle leche y se encontró con su amante, y a quien le compró arroz en el justo momento de la caída. 
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La separación de las letras, como el amor -dijo alguien en medio de un ataque de asma- es una libra de arroz sin pesar todavía. 

jueves, 20 de abril de 2017

Marranas 52


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Se ejecuta DESDE el Cuál, y gatea por uno de los muelles DE Weehawken. Mientras la mujer, la cica, el cuerpo, me sirgan el poema bajo denominación de origen. 

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Cocha y bamba y emes de tropos y rústicas epiqueyas de algún poema. Me sumo como indicio. Sostengo, si es que me permiten ser ápodo.

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Jaque. Y jotas, duermen, son, dos mujeres al pil pil. Hartas requieren que sea galgo ante la castiza lengua y la poesía.

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Bula. Y no es zaleo. Ni vulva. Antes de que el chivo supla algo más que carnes de burro verso.

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Y hacer un ademán cotudo. Y al menos expiar el Cuándo. Este, peregrino, ha dejado de entender la garla de verso mayor.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Marranas 51




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La vacuidad. La vaca. La bocanada de humo. El fuego apagado de una mirada. Los ojos cuando dos alternativas dejan de ser un pensamiento y entras en el olvido del otro con un rabo que mueves de un lado a otro en un potrero cercado.


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El estertor. El perdido. Las cosas dos veces perdidas en el imposible encontrar de su misma palabra. El diccionario aquel de la dicción. Preferiblemente un conjunto de frotaciones, unas ramas selacias contra el lomo de esa bestia desnucada que yace hundiéndose en un pantano.

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Congratulaciones. El traqueteo. Suena el cuello cuando cede. Y los excesos se van confundiendo en cómo se recrea un hombre al pasear por una plaza buscando qué decirse. Qué internalizar. Y pasa una mujer arrastrando un perro a quien llama Geórgica.

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El pellizco. Y no los riscos, calle abajo, en las secularidades. Los reglamentos y las pretensiones de los hombre al margen de la ley. Lo demás sufre una conjugación de anacoretas y tetraciclinas. Una verdadera conjugación para pretender entender los principios del siglo.

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El yoyo. El yo. Y. O. La cuerda oye el runrún, corta el aire. El pulmón desafiado. La cara con todo un enfado cruza y no se mete para nada con ese filo. Jamás toca ni en el cuchillo mejor forjado. Parece en esa condición no tocar ni lo uno ni lo otro. En caso de una perversión freudiana.

jueves, 11 de abril de 2013

Marranas 50




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El tazar del anacoluto- diván la metonimia- requiere otro zarzo arder y entrar en las bibliotecas bajo tu vara, Oh Hada Cibernética.

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Malhaya. Algo de cuerpo joven. Poquedad lo urdido. Sin gloria le pone sabiduría al quebrante. Pone un vaso de vino y al otro lado de la mesa - capicúa - es imposible cerrar la estrategia del dolor.

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Manguetas y desagües, troquelad. Campanero mientras duerme (de palisandro) al lado del madero un cristo. La silueta israelí con su compulsivo estéreo frente al Mediterráneo. Pasan a lo lejos los tanqueros. Troquelad.

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Dispuesto a la caquexia del dolor personal no exige sacrificios, y como contrario, demanda un caso de aurora al cinquillo de la fragilidad. Fíjese cómo pasan los días y la actividad termina en la noche. Y la noche en borrachera. Y en el enchufe de los efectos eléctricos.

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Los nutrientes. Y otras crías de maternos órganos en desarrollo. Implica que mi beso no es necesario o que haya empezado procariota. Pues, vaya, eucariota al lado de tu vena palpitante ya palpitaba yo. 

jueves, 4 de abril de 2013

Marranas 49



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De una forma a otra la luz fría. Si hubiese un ojo más inteligente me vería la piel verde, y el resto pujando para borrase en el instante.

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Desde el toldo, un fúgido le decía, con un gesto fadista, a la hermosura de la mujer del sastre, que un vestido suelto es para echarle saudade.

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Gomas. Le decía parra a veces para borrar en el líquido blanquecino que es la mierda de la rapiña. Embelesar, aquí o allá, sobre el rastro de este evanescente papel donde escribo.

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Se iba como una salazón. La mano se le iba. Por las calles deambulando en otra historia. Desde adentro, sin poder detener quien no era.

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Sí. Perdió la uña que alimentó dos meses. Se le cayó como una fruta. Me ofreció aquella madurez con su propio peso.

viernes, 15 de febrero de 2013

Marranas 48




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Las suavidades del necrocomio, y los jardines de los suburbios, acompañan a la ausencia de la voz y al chirrido de los frenos cuando a punto están de atropellar a madre e hijo.
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Y duermen los cerezos sin fijarse en esas cosas. Desde las banquetas de los bares las garzas del invierno se ven pasar con sus bufandas.
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Se arrima el estupor. No hay reparos en las sombras que partieron de los cedros.
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Por el lado amniótico de un balut: seguir succionando el féretro.
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Un ataque a las flores del jarrón de febrero. Cuando no tengas nada que decir, dilo. Cuando sea necesario comer, calla. Si mueves la montaña, caga.

miércoles, 2 de enero de 2013

Marranas 47




De guámparas nada. Dulzuras, tensiones de una versión de alto cañaveral, cuando a la vuelta vive un viejo samurái sobre las sedas. Kurosawa y el pincel.

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No dejes que los ladrillos se fundan en la pared para decir que hubieras puesto allí un anaquel en vez de los Diarios de Miguel Torga.

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Sobre una flor a la cual lo estólido ofrece una breva tal. Una condición al lado del papel que ya no usas, una tinta seca, como el mejor cuero de un lechón asado.

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Decían de una fórmula para el sexo desintegrado. La vaina explosiva sobre los labios en forma de Big Bang esos cuatro quarks: cima, fondo, extraño y encanto.

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En la talabartería. Me encanto, desde la puerta del fondo a la cima del techo, y el olor muerto y extraño de la vida me erotiza. 

viernes, 9 de noviembre de 2012

Marranas 46


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Góngoras. Grapas alguna vez sujetas en la garganta, frágiles de cartílago, profundas de sangre, derramadas por las cómplices estaciones de esta imagen.
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A un lado, la aleta de un verso tanteado. La lluvia resbala, por ejemplo, por el alcantarillado sin que se imite y se desfonde.
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Un frutero en el albor de las aureolas de las piñas, atado a sus mantequillas, al rayo de la cuchara que espera sobre el lino. Una mirada entra sin saber dónde esperar.  
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Yace manco o en turbia consunción. En algunas palabras. Y. O. En ropas, de menor a mayor, sobre una delgadísima línea rumbo al pecho, se desorienta y se busca en la mano perdida.
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Ubica el foso, dos por multiplicar, centelleos, de los ojos encendidos por las fugas de Bach.  

lunes, 20 de agosto de 2012

Marranas 45




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Venas como hifas. Inclina su mano sobre los campos cataláunicos de la piel. Y la caricia suele ser una. Única. Como la muerte.

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La euglena. Su verde picante. ¿Qué buscará en la urdimbre el ojo?

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El recodo de la apéndice. Protistos en huida. Rabiosos intentos de viejas tribus en las aguas del diluvio.

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Diatomeas. Ninjas al servicio de lo inútil. Envidiosas y resentidas. Agarradas de la vida no hacen otra cosa que pasar por los volantes de relojes estrechos y violetas. 

viernes, 1 de junio de 2012

Marranas 44




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A tiempo. O. Sin tiempo. Agarres y desquites. La línea substrae la próxima línea. La palabra sin ser pronunciada pasa con sus pitones encapuchados.

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Una diestra y se alumbra la humedad de los kiwis. También una mañana. La repetición de la araña que también colgó su ilusión en el interior de las semillas.

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Y la fruta. Y la inclinación de la luz repechada. Y sus idólatras pasan en la verija el dedo para oler luego a ese venado que corre asustado en la mirilla.

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Pone su pierna sobre el ángel ácido de su espalda. Tuerce su talón para creer ciegamente en el redimir aquel que no se va si lo abracas antes del último orgasmo. Entonces.

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Después de una península nada queda. La curva al fin. Filo que abre en dos la fragancia de las papayas.