miércoles, 11 de abril de 2012

Marranas 40



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Didiforme. Espringomático. Kinkilloso. Aterrado de sí mismo se rasca el culo.

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En la esquina, una turbina de aires le jalonea los últimos temas del pelo. Un frío se mueve entre las íntimas caspas. Quien espera, dice el dicho, se expone a sus propios elementos.

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Ñoñerías. Un espantapájaros aparece sentado en el bar. Allí le sirven todo lo que quiere. Todo lo que quiso. Todo lo que querrá.

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Lo vio sobre Manhattan. Era Borges vestido de luces. De cojones marcados (y bien hinchados) le dio dos muletazos al plenilunio de abril.

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La hilandera bobina ese tareco. Lo redondea. Le infla de colores. Insiste en la hebra que le va trayendo la erección. Ese tumor (resbaloso) en el motor del movimiento.

sábado, 7 de abril de 2012

La Casa (reveses)




La Casa dentro de los reveses. Los tejados y los aleros. Adentro algunas cosas se mueven: el margen de las puertas y el crujir de las bisagras, un rombo de una pared donde cuelga un diploma cerca de una salida, la escalera del sótano, la gotera de un grifo. Como domina el amarillo cualquier otro color viene bien. El verde de la cocina. El añil pálido de los cuartos. El blanquísimo color de las losetas y el piso del baño. Todo es simple. La Casa urge. Tiene un antojo alrededor de los ventanales y las simetrías. Esa pugna con la luz salta directa sobre el moral de enfrente y detona dorada en la mañana (difusa en noviembre) cuando entra hasta el comedor. Allí algunas cosas se levantan y otras se detienen detrás de otras para semis desnudarse contra las sombras. La única mesa no revela otra cosa que su desnudez. Las patas escépticas. Su altura. Su anchura. La proporción sobre un detenimiento si alguien se arrimara. Y sobre ella cualquier posibilidad. Utensilios. Manteles. Codos. Las voces de las visitas. La mano de una mujer que le da brillo al barniz. Una consideración que se avisa para abordar en los pasillos una queja ladina. Un zumbido curvo de un dolor que aquí alguna vez existió. Queda el vapor, el último pitazo de un buque que parte antes de entrar en el patio. Unos escalones y la enredadera trepa en el lado húmedo de los ladrillos, ese norte melódico de la hojas enverdecidas, pegadas con desesperación a la pared. Y más acá, donde hay otras incógnitas, la parra. Su perdición que la delata. Su sombra depositada en frente de las amapolas. Y se ve con paciencia como penetra la tranquilidad mas allá del flamboyán. Hacia el fondo del patio. Donde, en la tensión de las cuerdas, el aire suena bonito. Como un guitarrón. Como si repentinamente tuviera una playa y las olas se partieran lentas en la marea baja. Y las cosas se movieran con la sal. Ese olor que salta por el balcón de la sala y las rejillas oxidadas. Y se asienta en la biblioteca, en las enciclopedias, en los adornos y la humedad. En el amarillo de las ediciones de la Banda Oriental. Y en definitiva, el polvo ya se ha depositado como un elefante que quiere irse. Algo que se expande y quisiera ponerse en marcha. Y no puede ser otra cosa. Esa intensidad que mira desde los ventanales hacia la calle con la nostalgia de un sitio irreparable.


jueves, 5 de abril de 2012

Los naranjales (entre Algamesi y Xátiva)



Hace un buen rato que te pienso. Al filo de los naranjales, entre Algamesi y Xátiva, los mirlos dan cuerpo a tres o cuatro liviandades. El agrio, al doblarse en tu boca, se encierra antes que valga el aire. Fuera de mí (la frialdad en las cáscaras y el crujir de mis pasos). Dentro de ti (yo tan expuesto a este paisaje interminable). Y por un instante me salva de los contrastes y del peligro del aroma que te redondea con su pulpa. Lo que sigo pensando es una continuidad donde tus órganos se acomodan entre los verdes. Las guardarrayas como dientes de una causa obscena que se acrecienta sobre el ombligo de las naranjas. Justo ahí, compadece un sobresalto hacia donde quiero ir. La duda donde siempre he estado. Esa infección de tu rareza. Las mazmorras entre las hojas operadas por el viento. El delicado sondear de los árboles me mece como si dentro de mí pusieras la enredadera de tus dedos. Y es que vuelvo a oír mis pasos: el pulso que de mí se va. 

miércoles, 4 de abril de 2012

Monasterio de San Salvador (Cornellana)

 


Detalle, Monasterio de San Salvador, Cornellana

I
En el arco del Monasterio de San Salvador, Cornellana, aparecen unos animales tallados en las piedras. Es un collage con una víctima: una sopa de alteraciones de borradas figuras donde la fuerza del tiempo forcejea contra la insistencia de los sedimentos. La palabra historia aquí sería como tirar una cascada en el desierto de Sahara e intentar resistir. En esa intensidad del azul, que supera al arco sobre su propio arco, pierdo la brújula y no sé dónde mirar. Casi juego con la idea de darles la forma de un origen u otra forma de desquite. O. Y. Aplicarles la higiene del tiempo. O decir Cordero. Buey. Jabalí. Codorniz. Osa. Por un momento intento acompañarlos en la miseria estática de una única y abandonada mirada. Y me quedo vacío. Intento balancear el tiempo de las piedras que se escuadran en su rutina dentro del difuso cuerpo de un pájaro (arenoso). Hasta intento en mi cabeza el mapa de unas alas. Es así, de repente, que a la izquierda del arco, descubro un arbusto con flores. Quisiera describirlas. A esta hora lo único que se me ocurre es que están redondas y perfumadas. 

II
En el centro del patio del Monasterio de San Salvador creo presentir una fuerza desparramada, el cubo de una geometría que creo se ha caído desde hace mucho tiempo y nadie la ha visto. Hay rastros de tortura en los ventanales. Las paredes tienen la convicción de una cara que le han sacado los ojos y lo que queda son las cuencas. Quiero estar atento cuando algo más pase. Miro alrededor en busca de un indicio y del culpable de tanto descuido. Pero, las piedras carcomidas son expertas del silencio. Esta estructura (ósea) enclenque se tambalea inconsciente sobre la tarde. Lo quiero comparar con una ceguera y creo que no viene al caso. 

III
Es cierto que la bruma tiene o pudiera, si quisiera, presentarse con una taza de café y cruzar las piernas como una chica sueca de fuertes y largas piernas jacobitas. Ya por la tarde, entre Cornellana y Tineo, penetra la calamidad en las truchas que la confluencia del Narcea y el Nonaya se lleva en su transparencia. Los montes se sacan de encima la luz y entregan sus faldas al frío. Es otra cosa (latitud) cuando avanza ese momento. Otra garganta. La presión de un temor. La negrura despaciosa. La inercia sobre los techos, como en las cabañas de Somiedo, donde la luz ha sido tragada.

jueves, 29 de marzo de 2012

Florero (1664) y Tomás Hiepes


Florero (1664) y Tomás Hiepes
Colección Masaveu. Oviedo

28 de marzo y el 2012


Lo hermafrodita. Doblegar el momento de lo falible. Salvar el fragmento de lo arrancado. Mutilar con el color el espacio. Calmar el paladar. Entregarse a la sordera. Cerrar o abrir las cortinas. O.Y. Abrir o cerrar las ventanas al orden mecedor de la brisa. Y. O. Cuántos cirios encender para que acompañen al desgaste. Cuál de las contradicciones está hecha de pétalos en lo oscuro.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Bulto carnicero



28 de marzo del 2012 

Tan pronto me levanto, recuerdo haber sentido, durante la noche, el roer en los huesos del hombro. La dentadura de un cuerpo (bulto carnicero). La vejiga (dura) y yo nos movemos en una muchedumbre hacia una colina que se empoza. Aparece La Parálisis. Un peso sin volumen me agarra de los hombros. Me tritura. Me susurra como un corifeo. Y me aparta tranquilamente sin dejar de aplicarme su pesadumbre. Quedo atrás, abandonado, en lo que se disuelve el gentío, y sin dejar de sentir el mordisquear.

En el autobús 167, la muchacha sentada a mi lado me mira de soslayo. Tiene las manos blancas. Las uñas de rojo cundeamor. Un anillo con un azabache negro. Le sonrío cuando decidimos mirarnos. La luz detrás de ella me espanta. Su perfil me espanta. Su belleza blanca me espanta. Mi vejiga se espanta. Los pantanos de Rutherford pasan en una lista de montones negros en una pizarra veloz. Me espantan. Me espanta cuando su hombro accidentalmente roza mi hombro roído. 

La muchacha se baja en la parada del Hotel Marriott. Me sonríe antes de levantarse. Es alta. Pantalones y chaqueta. Toda de negro. Desde la ventanilla la puedo ver quedarse atrás. Camina mirando sus zapatos. A mi lado, ha dejado su asiento tapizado de azul. Dentro de la vejiga se me acomoda el frío de la mañana. Y el espanto me ayuda a estirar la mano, poco a poco, hacia el espacio donde estaba sentada. Nada. No ha quedado nada. El dolor en el hombro también se ha ido.

martes, 27 de marzo de 2012

El balcón

Composición en rojo, azul y amarillo (1921)
Piet Mondrian


27 de marzo y el 2012


La maña saca su cuchillo y la frialdad esperanza la calle como una fruta. Hay dos combinaciones sin excederse. Las mujeres aprietan los glúteos bajo el empuje de la fría ventolera versus los autobuses que marchan todavía sin los faros encendidos. Dos hombres atinan a voltear la cabeza por donde la luz mengua y se levantan restos de papeles. Si uno insistiera ahí, podrían coexistir dos líneas paralelas que se podrían reducir a un Mondrian en movimiento. La otra combinación atraviesa una mesa adornada con mosaicos donde un plato de alardes germanos tiene encima una pareja de cisnes de cerámica (coreana) entronados en un corazón blanco y de orillas doradas. La mesa está en el balcón. Y desde el balcón, entre las rejas, se puede ver un roble joven y florecido moverse. La combinación de los desbordes de los colores y el ansia que denuncia al cedro se interrumpe cuando pasa una muchacha con un vestido amarillo y un auto que en segunda, y en dirección contraria, baja la velocidad. El rugido del motor, como un punto de vista, me transfiere un cuerpo, la estética al revés, sin cromática, de unos largos dedos. Mis manos con el vacío prendido a un hilo de terciopelo, una inclinación tan ligera en mis intenciones me absorbe sin tocarle. Resulta que, en el preámbulo de mudos, el sentido opuesto, el bandoneón dentro de sus axilas, la bellota carnosa que despuebla la boca, y el modo que cruza las piernas en mi colchón, son una aparición parecida al frasco donde están los higos de Colindres sumergidos. Es un replay. Tiemblo. Y me fijo en otros detalles. Debajo de los cisnes, en el plato, aparece una escena parcial de La Santa Cena.