sábado, 10 de mayo de 2014

Dolencias

Cardenal Nino de Guevara (El Greco)


No que arrastro el quirófano,
buzo en vuestra sala, puesta
la careta, cada brazo circunstancial
menguante alunizaje- onceavo
Apolo- trago al salivar, más o menos,
del charco de mis aguas. Aquí detrás,
creciente niebla, desenvainarme quisieran
multiplicadas dolencias. Ojo-mioquimia-
que no te guiño. Ni ton ni son
mis cóndilos agolpados de sones y rumbas
animan los acúfenos. Al menos, kinkilloso,
haré gesto-la gestión- y llevaré
la copa de vino supuestamente a
los labios. Ataraxia o apnea no, taquicardia
o sí, he ahí el carapacho, {a} intervalo
degenerado, de esta escama, como el Cardenal
Niño de Guevara, con entre visto
pornográfico roquete bajo el mantelete carmesí,
más crueldad que cardenal.

lunes, 7 de abril de 2014

Indicios



Halifax (1978) Gerhard Richter


No vale hundido el colchón en otro cuerpo, riñones flojos al susurro a los autos desvanecer. No valen los cazos, en mismísimo espacio, la fregadera contra otros sonidos, la grasa en la pared en su trama - lagrimón amarillo- expresión -afuera y adentro- cual dedo insiste, esa caricia que moverá al moral que instalará la ardilla que morderá el retoño en sus arrebatos estos primeros días de primavera. Ruego que mires. Se abre la puerta y no vale qué pisa ni pasa. A las tripas el quilo y medio de vísceras niega responder e instala el televisor prendido, las rendijas vegetales, comprensibles y proteínicas, que equivoco por luz, tragedia en medio de esta sala, el resto del día precipitado en pedazos en un mar de indicios. Qué sobra. Las sobras. Los opérculos. Detrás le sigue el hedor de algo que sospecho es un pedo entrando por la ventana.

domingo, 23 de marzo de 2014

La hora del almuerzo

Bodegon (1610-1625) Alejandro de Loarte



Milagrosamente breve. Un embargo estirado en el salmón. Los restos pegados en el fondo de la cazuela. Gris. Como si hubiese partido algo en las tablas de esta casa para hacerme un agujero. ¿Dónde? ¿Pero?

En el brócoli, al lado de coronas, su versículo verde echado a perder en la losa portuguesa. La flor en azul concentrado en una barcaza frente a la cuchara me espera. Su fuego. Aves en postas dividas.

Y vierto. Caso ciego el vino. Unos redondeles de espesuras tintas sin remedio. Varios deslices. Y en el fondo creo que doy con algo más duro que esto que se aprieta en la botella. La inclino como un tubo sin viento. Por si acaso me atrevo a respirar.  Y eructo.

Alrededor incluyo. Me hago una lista cortés, y rápida desaparece. Se trueca un cuerpo con otro entre las sillas, ahí, puestas alrededor de la mesa. Pongo el centrosema a un lado, priápico, trompa apuntando a Meca, y detrás me configuro los utensilios, una cadena de camellos, sedas y carpas, un interminable arenal que terminará arruinándome el plato.

sábado, 15 de marzo de 2014

Sopa de huesos




Mund (1963) Gerhard Richter

Si fuera esto amor oxidante, florete y estocada la entrada fausta de una falda negligente y llena de tuétanos. Y sin embargo, el orden. La pendiente y pendenciera exclusión de tetas y caderas enceradas en lo suyo, claveteos, claustros y poros, y sudores que huelo mastín sobre esta sopa de huesos que me sirve la camarera. Así es. Fauces. En frente los ordenados utensilios del sustento, contados currículos que disciplinarán las tripas. Pero, qué habré de masticar con la hipocondría que me rema. Para mi desconsuelo de nada sirve que ella, la camarera, lleve bordado el nombre de Isabel donde debería estar una aureola.

lunes, 17 de febrero de 2014

En una mesa. En un bar. En Cádiz.

Baudelaire et la Président Sabatier, Thomas Couture


1
Si tejo en el lebeche cambrias y pectorales, doma el cadáver de Baudelaire con su tapa de mieles y el recodo de una corva por rodilla -eros en salsa- un mosaico, uno solo, apretados en pelvis, una y solidaria, Cádiz y playas soleadas y lo que hemos querido, y el asombro -hija salada de toto abarcador- a las cinco, su café y las noticias de ultra allá junto a mis poemas mexicanos.

2
Hay otra letra a la que el capipardo afloja su zorzal. Sérif suave. Pica que pica hasta el esternón su doble psoriasis, las ansias. Qué hay y no en el aire -portamenti- se afloja, mi oído a piernas y roce, algodones y vestidos pasan en una Nelson. Vaya agaches de mis testículos.

3
Con una cerveza bien bávara quisiera. Lábil. Aguas resumidas, piedras limpias, ponerme en una fecha. El monje que allí presenciara la evidente soledad de este callejón se agita hasta la lengua. Un bozo. En espumero. E insisto recordar que la lengua a algo tiene que saberme. 

4

Después de pagar mis cuentas. Los epígonos y mis insoportables acúfenos se rasgan otra vez, y en esa ranura me extiendo la mano -sobre la mano por posarse varias moscas- donde no hay nada. Esta mesa en el mundo. Este tejido bajo los azufaifos -a punto de levantarme.

sábado, 15 de febrero de 2014

La corriente


La incredulidad de Santo Tomas (c. 1601-02) Caravaggio 

La corriente. Antes que cambie si por las tripas anda. Ojo. Una moza de exageradas tetas. Habría que imaginarse una línea de ropas recién colgadas, donde juega el tropo, casi luz, risa, y, exultada, se desnuda. Porque desde que tiene distancia, y desde que se sabe que viene, pega con su bordón, avisa a paso marcado. Dónde. Peor, por dónde. Con un coro tipo Beach Boys. Un reflujo con camisa de palmeras (azules y fraude) amaga; y echando de menos a sus íntimos ácidos se agolpa sin rastros ni membranas. O. Mejor. Es de noche y nada, allá adentro, en ese pozo de sus intensiones, se puede describir ni estimular, añadir, borrar, aun echándole púrpura. Hay que tener en cuenta y se debe andar atento, dos ofensas como ley detesta la corriente. Otra corriente cuando se detiene. Y. Una casa con ventanas abiertas igual que un orificio humano.