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martes, 24 de mayo de 2011

Teudis (531-548)


Silentes chicotes de agua contra la proa del dromon.
Porque atrás Ceuta le deja sin gloria. Se levanta
Una humareda y ese viento estrecho frente a él.
 ¿Será que el destino lo empuja o la orilla lo imanta?

Aquel día pretende estar ebrio el soldado de guardia.
Le ha visto pasar en los ojos el color de una fragua.
¿Qué transmite el palacio con sus cortes gélidos?
Ya nada se esfuerza dentro de él. (Una punzada en la sien).
Tal vez le insiste el inverso de la hoja de laurel con el aroma del almuerzo.
La levedad.

El guardia le clava el puñal cerca del hígado. El dolor entumece.
Y ahí el gran instante. La ruta de la vida, la traición, y la muerte.
Se acerca al borde. Al mismísimo borde del que perdona por castigo
Y tiene tan solo tiempo para un gesto.

Esconde el rostro. El Flavio. El viejo general. 
Lo que le duele deja en la sien un diminuto rollo de espumas.
Y después nada. Ese viento entre las columnas
Y sin explicación el olvido. Así todos le ven cruzar las aguas y partir.
Le rodean amigos y traidores entre murmullos y risitas.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Amalarico (526-531)

Si bien el cortinaje (purpúreo) donde reposa la hace flotar,
Teme, que al caer la noche, la convoque con su fétido aliento
A confesar numéricos y estrictos pasajes, y, al oído, le ponga
Ese martillo arriano, un cuerpo sangrado y viejos clavos.

Cierra los ojos. La mano huesuda, terror, ha entrado en el corpiño.
Tras un escalofrío los abre para no llorar.

Por ahí, el rey comienza a amansar. Amaralico piensa en la bestia
Que en ella mordisquea sus tentaciones. Muy bella, demasiada Clotilde,
Y equivocada católica.
Por provocadora y mentirosa le recita, impaciente y socarrón,
Los versículos. Y ella se los repite mientras su rey le toca lo que le toca.

Ella ha puesto la vista en la lucerna. Flaquea la llama. A un lado, el mango ofidio,
Dobles cuerpos entretejidos la enlazan a la pared. ¿Y si le pidiera a su rey que le Alcanzara la peineta? Siente ahogarse. Es igual que la ceguera.
La alcoba, una araña congelada, se le ha metido en la boca.

La escena, en realidad, es otra. Las sombras se han levantado en un teatro de la furia.
En la pared dos masas negras. Y por encima, atacan dos serpientes, repetidas veces, la Cabeza y el cuerpo, ya inerme, de Clotilde.

jueves, 13 de enero de 2011

Gesaleico (507-510)

A Gesaleico, la culpa se le manifestó con irreversible franqueza.
La historia secreta de sus padres, el giro que a ellos
Les hubiera correspondido, le encadenó en sanguíneas
Y criminales intrigas. Sin querer, le armaron un patíbulo
En el medio de la frente.

Por supuesto, a Gasaleico, le penetró aquella tinta en los dedos.
Todo lo embarraba. Hijo ilegítimo. El mundo (Narbona) arremetió
Contra el bastardo. De punta a punta, el reino lo sitió.
Al oído, “Bastardo, Bastardo”. Porque todo lo que tocaba
Lo embarraba.

Y por qué no. La rabia lo cegó. Usurpador no era. Saberlo le dolía.
Pero, incapaz de poner la suerte de su lado, solo pudo,
Desacertado, tirar órdenes al aire, y con ello, cargar
La pesadumbre que requiere la miseria. Y como dijeran
“medroso de tan grande aparato”, como si llevara al hombro
Un ganso, blanco y desganado, se entregó a la extrema crueldad.

Pasó por hierro al justo Goerico. Barcelona jamás lo ha perdonado.
Después, no hizo otra cosa que correr. Nada fue igual.
El deshielo natural de sus días se aparejó con el ensañamiento enemigo.
La vida lo fue desalojando a la grotesca esquina
Donde se le pone fin a una historia cualquiera.

San Isidro, en un momento alucinante, pareció haberlo visto,
En harta retirada, sucumbir a la orilla de El Drucucio
Como el malvado que “primero perdió el honor y después la vida”.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Alarico II (484-507)

Cómo podría haber sabido hasta que punto era su vista un paradigma.
Toda una vida escudriñó sobre balanzas y códigos la penumbra
De los breviarios.

Tal vez a tientas. El afano puede adquirir en su último día una joroba lunar.
El misterio se descuelga en la silueta que lo liberará. Tal vez.
Y por la zanja veloz del averno, un arroyo hirviente por los ares de Vouillé por fin
Lo alcanza. La luna se apaga. (Así el mango argente de su adusta espada acaricia)

Se ignora (ignoran los textos) cuando besó a Tindigota. Ni donde la besó.
Un displicente “por lo tanto” en la historia nos remite que con ella engendró
Herederos al linaje del mañana. (Vuelve tierno a acariciar la empuñadura)

De piel más fría y corrediza, la mujer de sus hijos: quien, en la alcoba,
Lo amonestara por olvidar dos veces el secreto y el arte que una mujer,
No obstante, pone a su rey puesto. En un alucinante instante, aludió
A una especia más remota que el mismo olvido. Así metió

Sus manos en la oscuridad como el que las mete en grueso aceite
Para rescatar un trozo de carne.

Atrajo su propia semblanza. Y aparecerá por muchos siglos su imagen
Como si estuviera dormido al lado de una tremendísima espada. Para Alarico,
Quedó suspendido el peso de la cabeza de Tindigota sobre su hombro,
Y un candado su boca.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Eurico (466 – 484)

En una serie de omisiones estaciona
El corazón. Es su gesto una antorcha pálida.
Acaricia una nuez. Siente la geografía rugosa.
La vida lo desvela.

Se exige. Cuánto pesará mi corazón
En este lienzo que me enreda hasta el aliento.

Como si lo arrojaran sobre una borda
Se siente caer, caer. Ha visto las algas y su verdor
Subirle hasta la boca con desespero.
La amargura del kasir.

La amargura. Pondrán sus labios contra los míos.
Me jurarán que el amor que sienten por mí no teme muerte alguna.

Monomanías. Vuelve a su lecho después de orinar.
El regio escucha las olas romper
En un interminable caracol que le arrulla.

Dormirá sin pesadillas aunque ya nadie le ama.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Teodorico II (453-466)

El rey se pone el armiño. Noviembre.
La primera nieve se enreda sobre los chopos.
Quisiera cruzar El Ebro y olvidarse.
Le apetece poner la cabeza contra la de su alazán
Y hablarle en voz baja. Balbucear con alguien.

El rey se sienta ante el espejo verde
De la ribera. Con un gajo dibuja
El perímetro de su corazón, las pugnas
Que son su reino. Cuál hermano afila
El arma que me abrirá el silencio. Cavila.

Allá por Pallanta y Asturica aparecen lágrimas negras
Que circulan el cenit. Recordará. Las rapaces
Digiriéndolo todo. Insaciables plumajes.
Los girones humanos. El sol y la transparencia.
La podredumbre del alma del vivo. El desbaste.

Teodorico II. Sabe que estar solo no es aquella mañana
Ver el meandro perderse sur. Que la llegada allí
Es lo que lo asombra y que ahora teme.
Ya lo sabe. Lo siente.
Esta gran Tierra de Campos dentro de él se ha enfriado.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Turismundo (451-453)

El también había visto los álamos moverse.
Excepto que del álamo que cuelga
Puede distinguirse (una fruta crecida) hipercolgante,
Un desperdicio que pudo haber caído de algún
Ángel desairado, y allá abajo, cerca de las raíces,
A su hermano que mira sus heces caer.

Su hermano tan parecido a su padre. En el justo
Momento que lo estrangulaba, le pareció ver
A su padre, suspendido, a una cuarta de un charco
De sangre, que lo alzaba recién nacido.

Le llega el olor de los senos de su madre.
La dulzura de su voz. Lo apresura. Lo salva
Del intenso frío. Lo invade. Y en dos manos
Líquidas se siente ir remotamente hasta la batalla
Donde lo coronarían. Mas, allí no se oye nada.

Sobre la tarde, el flanco azul parece fisgar
Una y otra nube. Formas con formas de grandes
Manos. Una mal formada historia en volutas
Vaporosas que se buscan en el olvido de Turismundo.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Teodorico I (418-451 en Los Campos Cataláunicos, un 20 de junio)

A una cuarta del charco de sangre
Puede ver el Todo simultáneo, sin apuros,
Como si nunca se hubiera caído
De su amado corcel, y allí estuviera,
A una cuarta del charco de sangre, suspendido
Por el grito unánime de la batalla.

A una cuarta el olor acre del sudor de su noble bestia.
El casco trasero pisa un brazo cercenado.
Ambos sin comprender. El corcel relincha.
Porque a la suerte ha soltado las riendas
Su jinete rectificando el mal paso.

(Se puede ver el brazo con el puño
Aferrado a una hoz.)

Y luego, aquella
Pose que hace bufón a un guerrero.
Los botines en el fondo azul.
De cabeza al suelo parece quedarse allí
Desconcertado tal ligereza que espera acariciar,
Al lado del charco de sangre, la yerba húmeda.

(Anoche habían hecho hogueras. El silencio
Le trepó a cada hombre como asunto
Privado. En la mañana se les podía ver
En filas por los álamos estirados hacia el sur.)

Y todavía está por caer. Qué inoportuno.
Había estado a punto de asestar sobre una testa
Ostrogoda su merecido. Allí a una cuarta
Del charco de sangre un pozo, un fondo
De masas melifluas, mezclas del olor
De intestinos expuestos. Qué reguero.

El depósito de una sola palabra se expande
Para explicarse por encima de toda la algarabía.
Es su espuela que gira sin prisa
O es la voz de uno de sus guerreros
Que dice “ya, ya, ya,” sin que nadie se entere.

Allí a una cuarta del charco de sangre
Está tan cerca del oído del Todo. Qué nítido
El rumor, galopes en dirección contraria,
Cada grito en la pasión de la batalla, cada cosa
Con su peculiar ruido rozando el mundo
Como si fuera nombre primero, un pregón
Menciona ya el nombre de otro rey
Sobre Los Campos Cataláunicos, cuando todavía él,
A una cuarta del charco de sangre, le podría
Haber dicho a todos que todavía no.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Walia (415-418)

Lo primero que se divisa en la triturada costa
Africana es la contracción de un gusano blanco,
Fúgido, contra las rocas, la circulación de las moscas,
Y azores que firman con la pulpa celeste otros
Círculos de la muerte. Moscas. Azores.

Queda con el regio aquel espejismo.

Mira delante. Zumbido. Mira atrás. No sabe como
Llegó hasta aquí esta mosca atrevida. Y sobre su
Cabeza: inútil espante. Una ha llamado a todas.
No escapan a las hojas acres que le han puesto
En el yelmo, y que expiden peor hedor que las
Batallas que dejó por olvido, ni respetan
Las fumaradas de innumerables arbustos que arden
Día y noche los súbditos. Porque aún cuando duerme
Allí están. Imposible decir cuál es noche o cuál es mosca.
O el preciso tamaño de la corona que ambas forman.

En Galia, lo primero que se divisa, si uno hubiera visto
Al regio en retirada, hubiera sido aquel halo
De bullidoras moscas, persistentes y ágiles.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Sigérico (7 días y 415)

Hubo piel de pato, suasorias salsas que elevaban
Al jabalí sobre toda la corte en el segundo día de su gloria.
Y ocas tan tiernas que podían desprenderse
Como lágrimas bajo el sorbo permanente
Que iba tallando el priorato.

Y detrás, luces tenues, la corte en bultos unidos
A la humedad de las palabras, y esa muralla entre todos
También de duro sorbo; y para él, la doble ceguera tras
Cada copa, tomando cuerpo al fin la venganza, la
Agonía del tiempo de su corona.

Al cuarto día: misión cumplida. Entre las sábanas
Otra vez al oído otras sombras ya eran ciertas. Los seis
Hijos de Ataúlfo habían pasado por el hierro de su furia.

Al quinto día admitía total soberanía. Esa noche,
El crascitar de las grasas le invadió de nostalgia. Y consigo
La nostalgia lo llevó a la conversación del arte cetrero.

Que fuera cierto o no, no fue Sigérico quien tuvo que
Soñarlo, porque fue en la noche del séptimo día,
Después de una ligera digestión de perdices con romero,
Que en un súbito dolor, vio bajar en el brillo de dos truenos,
Dos garras que lo separaron de su corazón.

domingo, 31 de octubre de 2010

Ataúlfo (410-415)

A lo sumo un revoltijo de huesos después de una noche
Armada de insomnio. Un extracto de un aroma casi olvidado
Entre las rejillas de un sueño que lo asaltó. “Ataúlfo…” esa voz
Admirativa para alguien que llevaría la comedia del mando,
La gloria de un nombre sobre una lápida, el juramento,
Y de ahí el abismo.

Uno no roba de un emperador su hermana sin pagar la codicia.
O sin de vez en vez tener en el sueño una pisada que marque
El futuro, aun cuando se sabe que todo terminará igual.
Pero insistía renacer aquel afán de poner linaje
Y exterminar el orden latino,

Darle fondo a lo baltinga, trayectorias de engendros
Que perpetuarían lo indigesto. Artimañas y goces. Son
Cosas de reyes. Cosas que empezaron y terminaron sobre
El paisaje galo. Tomaba entonces dirección Hispania
En el corazón de aquel hombre que huía de sí mismo.
Y tal fue en el primer sorbo en El Besós que distinguió el
Mons Taber en vez de la sangre que le perseguía.

No hubo pactos. Ni en los sueños. Y ningún sueño pactó
Entre sí. Sus seis hijos fueron contra el espejo el rostro
Del lejano reino de las madres, en ellos, la embriagante
Ánfora que le traiciona la lengua al consumido. Por eso,
Levanta o dibuja en el rostro de uno de sus hijos preguntas
Por gramos y ríe torcido hacia la mar. Tendrá algún nombre
El mañana, esta tierra, la espuma?

Con Dubio levantó la copa. Se diría que los rostros ambos
Bailaron en el priorato, en la fugaz peripecia de la traición.
El tuvo que saberlo. Entregado murió con cara de sorprendido.

Por lo menos, la luz le pasó un curso de blancura
A tan triste historia.