jueves, 10 de mayo de 2012

Membrillero (1961) y Antonio López García





(Primer descubrimiento)
Una masa de agua debajo del membrillero. Algunas cosas sobreviven sin haber visto la luz. Si las buscaras en el diccionario, detrás de aspiro y respiro, una fila humana, sin evidencias de carnes, en un valle parido por arqueólogos, revocaría ese fluir en el poema que (todo lo) vitrifica. 

(Un día nublado)
Qué tal ese foco donde la forma es vientre (lento) en cada hoja. Deseo donde la pulpa expande mole. Y la luz, donde el mundo se penetra, y los roces de cósmicas casualidades responden Existes, desciende con los garrotazos que hay que darle a la mandioca y, nada, una insoportable ganas de orinar te sorprende (insignificante) ante el cierzo que mueve las ramas.

(Magos)
De modo que los membrillos en tus ojos se balancean y a ellos, incrédulo, te aferras. La mano desenvaina el guante donde guarda su espalda el truco cuando los dioses se sientan en la sala a charlar. Las cosas no son cuando son. Es evidente que hace mucho rato has dejado de creer que en ello haya alguna moraleja o alguna cancioncita.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Ni cura si encarama (Fray Luis de León)




La cebolla pasada en la sartén, su llanto y contenidas compuertas, un rollo de infernales aceites exude, al olivo envidia su temblor en seco, las orquestadas cigarras al quemar el mediodía, y la paciencia de los verdes con el gris del tronco en pauta, tránsito de antaño, raíces ávidas en la tierra, y tal vez, por presumir, no entienda que su brevedad no es requisito ni cura si encarama el pan de la hambruna, que coronas de delicias disuelven su aromática muerte sin que a nadie le importe un bledo, ya que lo de importar tiene escaso tarugo en el descolgar la aldaba de la puerta de la vecina y saber cómo subir por sus enaguas, y al arribar entrar, sin premura, al estrecho campo de fatales anafres.

lunes, 7 de mayo de 2012

La flauta (La Orquesta Aragón)




La flauta. Eso es. La flauta. La mañana en rosados, cruces, mosaicos. La higuereta en el patio. El remedio que colgó en el sereno con su sal de sosa. El frío de la cal y el olor de algo sintético en el aire desde la sala, turno para las primeras moscas que despiertan. Y la flauta. Una coincidencia desde que los gallos se repiten con sus cantos, de techo en techo, y la hipertelia intermedia por las ranuras en una caja negra de ojos desprendidos mientras el jadeo, y por donde los mosquitos han disfrutado de su banquete, se vuelve eco. Allí la flauta. Sopla un fuelle por todo el cuerpo, despliega su calor de incubadoras gallinas, la dureza de las lagañas, el aliento a noche todavía. Y entonces la luz. Aguda. Y otra vez la flauta. La orquestación, un arco a la fuerza, sonidos que van reconciliando, tomando, marcando cuerpo, una ponderación de cables donde podrían quedar atrapados cometas y papalotes. Una sucesión de notas, ya la dulzura (evidencia) en un lengüetazo en el oído. La Parálisis se encona y la mañana se expande porque ha entrado también el violín. Ahora dos arrastran lo que hay en el cuarto, empujan los bordes de las paredes para que en el horizonte de tensiones, donde los trompos rotan incesantes, no haya descanso. Flauta y violín. Contraseñas. Se evidencia de refilón una danza en el brillo de los mosaicos y el rombo que sujeta la cúspide de una iglesia en Aragón. Irrumpe una cigüeña. TacTacTacTacTatatatatata. Así ambos. Y sin embargo es una desconstrucción. Hay un cuerpo que necesita levantarse, estregarse en el espacio, moverse con alegría como si entendiera su futuro. Después se incorpora el aroma del café. La madre que tararea. Y un estribillo en sus chancletas.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Fado (La tristeza que traigo)





(Antes del desayuno)
En la pared el amarillo (ondula) con el desconcierto de vuelta al cuerpo. Hay un lapso de ruidos repenetrados. Agudizo el oído. Las hemorragias de las cerezas bajo el grifo. Te las voy contando. La mañana disimula y se cuela por el visillo un pedazo de lo que hay allá afuera. Y, como no hay novedad, te acuestas enroscada contra la almohada. Y, como callas, lo oigo todo como si fuera un aeropuerto vacío.

(El restaurante)
En el restaurante las cosas ya son más sencillas. Sobre el pan la división de las grasas. El año que fuimos a un sitio lejano y lloraste sin saber por qué. Dijiste De felicidad. Y aquel día mentiste. Luego, cortas el churrasco y, antes de masticar, cierras los ojos con placer . Como cuando se duermen las panteras.

c)
Debajo del semáforo te tomo la mano. Siento una fricción de alto contenido. Tal vez una zona concentrada hecha de esa nata del aire. La acumulación. La polinización. Todo aquello de las pieles invisibles de los deseos que se pudren en uno. La verde y la roja. Un tic tac intermitente en amarillo. Me dices que crucemos y que no entiendes lo que estoy esperando.

d)
Ya, a estas alturas, en mayo los cerezos se enverdecen. La cadera duele menos. La coyuntura del meñique vuelve a su sitio. Es un comentario interior cuando te quiero decir que la luz parece un viejo pedazo de plástico encima de tu cabello. Como no lo puedo decir. Me detengo a contarte, frente a un cerezo, sobre el silencio (tallado) en los patios de Nagasaki.

e)
Te vuelvo a relatar la historia del burro que murió en una ciénaga atacado por los mosquitos. Intento con mis manos señalarme el rostro para comparar con aquello que quedó marcado en su cabeza (belfos, mandíbulas, orejas, hocico), la hinchazón de tres días de muerte, y la insistencia de los mosquitos por succionar sus jugos mortales. Y cómo, cuando lo trajeron para enterrarlo, la gente del pueblo quedó fascinada por aquellos ojos grises tan poco común en los trópicos. 

(El fado)
En la sala. Vuelves de la cocina como si trajeras un cuchillo en la mano. Me recuerdas el añoro que tengo por mi herida. Pones un fado de Mariza antes que la blancura de Lisboa me ataque y cuente mis días hasta el día que por esa herida me llegue mi muerte. La muerte. Me corriges. Te vuelves a enroscar, esta vez en la esquina del sofá, tarareando La tristeza que traigo. 

martes, 1 de mayo de 2012

Marranas 42




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Algunos dioses amenazan con eternos castigos. Después, las glándulas se ajustan y queda un albergue para el trismo. ¿Será que el miedo a eternas entregas, frontera de algunos sosiegos, causa ligeros alivios gástricos?

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 Se accede a la blancura y a sus exigencias. Allí, lo que quisiera la palabra, penetra en un cocido entre el hígado, los riñones, y sus salsas, un espacio sin remordimientos, y se quedan los contornos de ese otro arcoíris en una remotísima planicie. 

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Uno sin saber arrepentirse y ahí ese estado hipertélico, cortinaje de una condición inalterable del cansancio, el innegable sabor a tamarindo. Todo lo que dura más de un año se convierte en bolero. 

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Un sándwich cubano en la boca. Y te lo dan sin lechón y sin queso. Se mastica el vértigo de una anunciación. Sin embargo, aquello baja.

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Más dulce. Le pedimos a mamá. Más dulce. Échales más, mujer. Que les echara (a los nietos) de esa pócima que tanto a papá le gustaba y que le dejó en una silla de ruedas.

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Bajo la condición absoluta que nunca vuelva a poner un pie en La Casa, todavía no sabe que hará, por ejemplo, con el deseo de volver.

sábado, 28 de abril de 2012

Mauricio R. (“Copy”, algo liviano)



Copy: general sign



Ayer, por la mañana, vi a Mauricio R. en La Cafetería. De suéter negro. Mucho más gordo. Es que uno piensa que lo que nos trabajaba antes nos sigue sirviendo hoy. Me lo explica con el rostro sereno. Mauricio es un tipo que transmite tranquilidad; y como buen tenista, se sabe balancear sin crear al interlocutor ansiedades. Cuando le pregunto si sigue jugando se mira las piernas. Se aprieta la rodilla derecha y menciona una parte de ella como un si fuera un instrumento de navegación de un buque a vapor. Y lo comprendo. Se agarra la barriga con complacencia. Presión contenida, me vuelve a explicar. Y se vuelve a balancear con gracia mientras me pasa las mejores recetas para desinflar las protuberancias hidrópicas; el rostro se le abre en una sonrisa  joven y afectiva, y lo oigo reírse, distante, de él mismo.

Mauricio es poeta. Su obra está encuadernada en ese silencio que escogen los pocos. Cuando camina hacia la salida de La Cafetería uno se percata de inmediato del peso en los hombros, el decaimiento en el balance de los brazos, del arrastre que lleva en los zapatos. Si habla de algo, en él hay una pauta como si primero archivara lo que va a decir y después decidiera sacarlo como un presente. No quiero decir con esto que es un tipo resentido o uno de mesuras bucólicas, ni tampoco de esos insoportables personajes del auto destierro. Cuando uno lo ve beber vino entonces lo comprende. La quinta copa lo rasura y le despeja las complicaciones. A veces me ha dado la impresión que el vino lo va desnudando hasta dejarlo con una sonrisa amigable y amarga, pesado y vulnerable, como a un Noé ebrio. ¿Estás escribiendo? Me responde, sin respirar, que no. Y se le vuelven a mover los hombros. Y no sé porque pienso en un búfalo bajo la lluvia en las vastas planicies. Antes de despedirnos, le pido que me envíe algo. Tengo ganas de leer algo tuyo. A ver qué encuentro, dice. Sí Sí Sí. Te mandaré algo liviano.

Esta mañana, a las 9:04 am, El Señor de UPS me hizo firmar, sin rodeos ni preguntas, en uno de esos aparatos electrónicos, por 6 cajas. Las cajas son de las que usan en las mudanzas para transportar utensilios y cosas pesadas. Estaban nítidamente numeradas del 56 al 62 por los costados, bien selladas con adhesivo gris, y aparecía, en cada una de ellas, mi nombre y dirección. La curiosidad me invadió. Lo único que estaba esperando eran unos zapatos para mis caminatas, y que ordené, antes de ayer, en Zappos. Después que firmé, El Señor empujó la carretilla, y en una maniobra relámpago, depositó en medio de mi cocina las cajas numeradas, en orden ascendente, del 62 al 56.

Abrí con cuidado la número 56. Dentro encontré dos cosas. Un sobre con mi nombre y la palabra “copy”. Y cuando levanté el sobre, quedó expuesto en la caja el rostro, ligeramente borrado, de un viejo. Empacadas las copias en dos montones, allí evidenciaba aquel rostro anónimo, serio y frontal, un leve bigote, la barba recortada, en una pose de lo que me imagino podría haber sido una foto de pasaporte. No entendí nada. Saqué de la caja un manojo de hojas. El mismo rostro se repetía. Pude meter la mano hasta el fondo y sacar otras dos copias. Las de abajo eran igual que las de arriba. Quizás más grises, quizás el bigote más delgado, no sé, tal vez un desvío imperceptible en la repetición, pero en esencia el mismo. Sin saber qué pensar no me atreví a abrir la 57.

 Abrí el sobre. En una sola hoja, del mismo peso que las copias, apareció un poema en inglés de tres estrofas, mecanografiado en lo que podría haber sido una antigua Remington. El título “Copy”. Y debajo del poema tres líneas escritas con lápiz. El poema comienza explicando (y aquí no presentaré una traducción ni exhibiré el original) cómo se sacó una foto y de ella sacó una fotocopia. Y de esa fotocopia sacó otras dos. Luego, de cada una sacó 5. De cada una de las 5 sacó 5 más. Y así repetidamente continuó, día tras día, mes tras mes, en ese exponente de 5 hasta que, al percatarse que algo en los márgenes desaparecía, y el mundo dejaba de ser el mismo, paró. Y me inclino a pensar, ya en la última estrofa, que comienza a aparecer el rostro de quien él piensa puede haber sido un familiar lejano y desconocido, con una mirada fruncida y transfigurada, como quien cuestiona a un fotógrafo que lo ha dejado ciego con el flash. El poema termina abruptamente con el verso “where the original stood”.  No obstante, he quedado perplejo por las últimas tres líneas escritas con lápiz. Dicen textualmente: “Oscar, guárdame estas cajas hasta próximo aviso. Si tienes información de un buen lugar, amplio y barato, donde pueda almacenar más cajas, te lo agradecería. Gracias, Mauricio R.”

miércoles, 25 de abril de 2012

Marranas 41





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El julepe vino tan frontal, su estirada cara de marañones encendidos, y su fragancia de rasurada axila, en una licuadora de enfriamientos bajándome por el izquierdo de colgante soledad.

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No sé qué cojones quiere el polen conmigo. Si yo flor alguna vez fui. O. Y. Si soy milagro, Cristo, de un árbol ambulante y ciego.

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La vida es un futuro de gallo asomado a su condena. Tres huevos puso la gallina. Y ninguno de él.

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La traición en un guayabal no es lo mismo que en una estación de tren.

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Las cosas pitan y pitan. Tienen que ser sordas, sentirse solitas. Estar ahí no puede ser fácil. Todo el día ser cosa hasta que te nombren.