martes, 2 de abril de 2013

El saco de arena


G. A. 5 (17.1.84) 1984, Gerhard Richter

El saco de arena. Empero dos cucharas tempranas de glucosa, en el estante una cueva con pimientas y Cantábrico de latas, ramen a montones, en el café más barato esta semana ni siquiera al fuego calentura. Y luego, dos gestos en uno. Ponerme el cuerpo en la ropa y alentar las botas hasta pararme frente a mí. Después de aplastarme - el alma se aleja con un animal que canta en el cerezo (desnudo) frente a mi ventana- regreso como un tonto a buscar, me aseguro, alguna ruta de Sebald sin pensar en la mochila que guardé en el armario el pasado otoño. Y. O. Buscar la mochila entre las ruinas ya repartidas de las 9 y 15 minutos porque necesito llamar a Isabel y que me diga dónde hubo tanto sitio en mí y por qué no aparece ni el mínimo rastro de lo que amé, y, vórtice y aliento, el inodoro embarga en su coriolis un rehilete de aguas que sucumben, como suponían los egipcios, a las cuencas de la avena que bato despacio hasta cuajar.

sábado, 30 de marzo de 2013

Pongo tal bachillería al cerezo




Pongo tal bachillería al cerezo que pasado de alboroto comienza sin disculpar al peligro, pasa un salto, ignoro su templanza cuando profesa al verde necio retoño, boca que dice un hoyo, un pelo, un poco blandura y prudencia al oficio ejecutado en pos y mediodía, y a su naturaleza al polvo en alto (inigualable) trina un “pájaro”, desconsolado jazzista, sin repetir nota o cautela y sin pensar nido o proporción u- (ocasión)- donde pensaba vivir por vez, esta vez, primera, y al menos porfiar. 

jueves, 28 de marzo de 2013

Peñasco extraño la salinidad




Mann, aus dem Fenster springend (1965) Gerhard Richter


Peñasco extraño la salinidad de esta camisa rota al lado de las ventanas ambos tomados de las manos sujetos o no abruptos dos en número dando vueltas al primer vocablo para decir que describir es algo moribundo entre el silencio y los agujeros de este algodón -desguace y presión- albatros y vuelo- anidan sentados en los botones que atan al cuerpo estos días a finales de marzo y confunden alturas.

martes, 26 de marzo de 2013

Es la cuenca




Snow White (15.11.05) Gerhard Richter




Es la cuenca. El cuerpo en brazos de un hoyo. Un hoyo con olor a café. Aromas fortificados en espera de la luz que no llega. En la esquina. Donde espera la gente sigue pasando con disimulo Ramoncito, el ladrón, con la cara de un niño roto desde hace siglos.
Es la nieve que no se va. Un estanco lleno de papeles- y el tabaco picado debajo del techo- se canta así mismo con las aguas que no han dejado de caer entre todas las páginas publicadas hoy. Esa luz le pertenece al papel. El tono. Algunas cosas tomadas de los cadáveres que coincidieron- ayer- en la morgue y han confundido las noticias con el hojear de los diarios al aire.
Es que baja tras el agua un huevo vacío, un frijol verde claro y sin futuro, una rosca que no dejaba transitar nada, y un mogollón de tarecos que se acumuló en el espacio entre compendios de cotidianas historias.
Es este blanco en el baño. Dos gotas simultáneas se estrellan y se oye solo una. Y otra alarga su agonía. Queda un lagrimón colgado mientras la palanca jalonea un diluvio de mierdas.

sábado, 16 de marzo de 2013

9 de marzo del 2013 (a Damián, In Memoriam)


S. mit Kind (1995), Gerhard Reichter



Está más ácida la luz (hoy). Afuera, a la vuelta de la esquina, en el patio de la escuela donde juegan los niños en el recreo, también hay ese recomer (tinte) debajo de los ventanales aunque sean ladrillos que se arrimen y levanten una pared hasta lo alto de un techo y encima del techo bajen, por las tejas, trazos de las nieves de muchos antes de ayer.

Regreso tope ese lapso se estrena a los pies- de qué- hecho una batalla- y por ende revoca un sector con mano de obra por las calles y hasta la puerta de este edificio se enfrenta y abre un frente sin ni siquiera encontrar un árbol de apoyo en esta calle y decide que

El preciso momento, hoy, marzo, quiera aquí o no comparar, en cuanto al mundo, las cosas son un reflujo que deja inmóvil, el gesto en agraz, para un total deshielo que refuerza de frialdad a los brotes de las moras (impacientes) y no hay tiempo para esa frase

“Me apoyaba en el sueño en lo que se quedaba el mundo”. De contar expansión nadie se restringirá. Nadie. La lista donde se provoca la depuración no absolverá posición que valga, y la luz, como las dulzuras, debajo de los azufaifos, seguirá con su banda de fulgores; una carrera donde se prefiere salir a pensar en la visita, como dice la canción, sin decir adiós.

La muerte entró aquí. Subió por las escaleras. Y en la más íntima de las elecciones da juicio que pasó. Uno queda frente a una masa (contraída) y el hedor fecal, y la ventana por donde entra el viento desde el patio de la escuela y la lámpara que alumbra, algo inadvertida, dos relojes de pulsera sobre la mesita.

sábado, 2 de marzo de 2013

Juego de primavera






Dime. Diríase. Si duermes. Venga así a mis grasas tu amor (fondo y maravilla) al lado de un puerro que enverdece y la mueca pinza. Afuera espera la tarde para darnos el café que esta mañana saltamos, y quejarnos de la ausencia de los estorninos.

Si no me dices jardinero, inning, antesalista- entonces que el silencio te trague el deseo, te dejes masticar, entregues por los aleros del vencimiento, curvas y rectas, génesis y roces, la doma muscular, el tiempo perdido: un estómago (ácido), el descanso, la suavidad de las sábanas, jodida y voraz- tu rostro fláccido e irreconocible, me asusta. Porque qué es lo que se va o regresa.

Me arrimo (otra vez) al rizoma aquel que te tocara un enero en la cocina alas lux del desmayo otrora piel esa sensación contra mi despeño dormirte por primera vez igual a ganso roto tu cuello desigual yo midiendo a entrañas anchas un barril de whiskey en el círculo de espera. Y tu rostro desaparecía, inclusive, te olvidaba.

Estoy hablando solo. Miro un juego de los Mets tarde en febrero.
Será que dormir no es que menciones lo que adentro ya no pide imagen.

lunes, 25 de febrero de 2013

Semanas luz


Ferry Binghamton (Edgewater, Nueva Jersey)



Semanas luz. Me baño con jabón suave. Me encargo de mi cabellera corta, y de un estado lúdico para ésteres, y astenias que me acompañan. Además, la mañana, la ventisca.  

Una plaga idónea: mis hermanos, al margen de un gran semen en la vejez de mis padres. Hace rato que la vida es bella. Además de acordarnos de cómo hacían el amor entre 1969-86, el mareo.

Al mediodía, cuando paso por las orillas del Hudson, está la vieja caparazón del ferry Binghamton (todavía) en desafío al fondo y las corrientes, emerge la teja, flotante fosa, removible del caudal. Vaya caterva que no indaga qué fluye en el búcaro.

Teniente y volantes: corvas: dueños alados por las necedades de sus perros: el sainete: tantos cuerpos imbricando memoria fractal (no se aplique aquí tonelaje). Y pregunto si es inevitable que las carnes, mucho antes de exponer, deshilachen y regresen a las enormes manos de un carnicero. Y. O. Haya un parpado en el agua. O.

Ya por la tarde el vino. Vall Llach. Magnum 203/203, el puente de George Washington a lo lejos, al alfar niebla, entrega un conjuro de gris blanco y poco. Un tumbe. Intento levantarme, coño, en los versos que atrás dejó sin darme prisa la trama y a cuya delicadeza acuden los enólogos antes de enterrar el corazón vago.