martes, 20 de octubre de 2015

El deseoso (Rabo de burro)





Erase que era aquella noche debajo de La Gran Piñata.  Intenté ponerle verbo al rabo del burro. A ciegas y a gritos, entre empujones tanteaba, hábito de la nausea, ciegas vueltas, y erré para la risa de todos. Aquella otra noche, cuando supuse reponerme y poner, inervado por los burros, mi rabo donde mi voluntad deseaba, penetré súbito y por donde Dios no quería. Parte mía, presente recordado, se agarró de esa inútil motricidad.

martes, 13 de octubre de 2015

El deseoso (Octubre)

Pronto.  Los quietos cedros esperan el preciso momento cuando de ellos broten excesos, pesados, y excretantes bellotas; caerán, sin vacío, contra el gris seco del pavimento, salto, dos, trizas, darán vueltas en súbitas muertes.  Y como insidia que propone ser alerta, sus restos irán acumulando traza, un formal polvo se refugiará en la ranura de la vereda. A un señor que pasa le aparecerá un súbito gesto perdido y en su mente le goteará metálico.  Mientras octubre se remueve sobre almantas de azules ligeros, los nubarrones pasan sin que nadie le ponga el cuerpo, una línea obtusa guarda compostura y pone en su ceguera el ladrido de un terrier, el guano endurecido en la pintura de un auto. Lo que parecería estar ahí se ha ido. Ha vuelto la noche y se alza en medio de una serie de incomprensibles búsquedas. En un estado de alarma algunos salen a la calle con sus abrigos puestos. 

viernes, 25 de septiembre de 2015

El deseoso (Harinas)

Portrait Liz Kertelger (1966) y Gerhard Richter

Glauco yo y esmerado en tientos, retocado frote de bollerías, las harinas casi imposibles blancos, en guayabas torcidas, tocino del blanco a la quemadura. En efecto confiero, respiro por la cabuya, trompo roncador, porfiado en tu diestra que espanta las moscas de mi espalda y del mantel-  donde flores amarillas derrama, plásticas, contra el linóleo y hacia la vergüenza bajo las uñas de mis pies. Cuando por fin te llevo a la boca falta un trozo, un poco de esa novedad. Pero. Ya te has bajado la bombacha. 

sábado, 12 de septiembre de 2015

El deseoso (KA)

Stuhl (1985) y Gerhard Richter

En una tarde de Nueva Jersey. Cráteres, las axilas rasuradas en sus montañas. Después de varios pestañeos se escucha en medio de sus aturdimientos la tracción por los vacíos.


Le echo de menos a KA. Puesto el rostro y en él sus ojos. Un cuello que gira. Lo pongo frente a mí sobre un quebrado. Y donde aparece- lumen- toda mi incertidumbre en equis, presión parcial, la fugosidad.

A tal punto que salgo al patio. Debajo del moral me siento en una silla de playa donde recoge, entre el verde y el aqueo, un descarnado amarillo. Si fuera canario- pero se interroga en un ligero temblar, la última ráfaga de viento, como si alguien se hubiera de ella levantado, y caminara, ahora, sobre las hojas, el deseoso. 




sábado, 5 de septiembre de 2015

El deseoso (Esta delgadez)

Autorretrato con brazo torcido sobre la cabeza (1910) Egon Schiele

Esta delgadez se traga mangas hechas del barrer, restados, y aromáticos encuentros. Frente a una trusa el agua es igual a la torpeza con piel, añora y se expande en las colas. Esta delgadez no deja de ser referencial. Un acústico sobre los huesos entretenidos. Alguna que otra foto desmontada en el diario. Intermitente. Pero ajusto, esta delgadez aparece contra el vaso de cerveza. Sobre alguna parte en la redondez de la mesa dónde desciende el mantel de flores amarillas que puso Isabel hace mucho tiempo. Y muy cerca, la boca- calle del plato- insiste en su búfalo atacado por un vaquero a quien su mujer le fue infiel con el vecino. Igual. Son algunas casualidades esta delgadez y la suma total de algunos hechos más distantes que yo. Y no por su rabia. Y. O. Nombrar por sus rabias. Uno pierde esas condiciones cuando tuvo que estar. Entonces aparece en el espejo. Ensamblaje. Simplemente esta delgadez. Asume la presencia -temporal- de una fina ausencia a partir de (hoy) Lipitor, lípidos, y a simple vista, más cuerera y fútil, liliputiense.

martes, 25 de agosto de 2015

El deseoso (El almuerzo)

Melih Dönmezer

El almuerzo. A pesar de sus quilos y gramas, la tierra propone sus proporciones, el lanzarse a lo vacuo. Madre concluye. Reclama en las amapolas el día de sus caídas. La mirada en toda su colección de muñecas. Y a un lado pone pan. La mesa. Formica. Lumen. La inerme transigencia de la cuchara, desvío, curva donde dócil el ajo, estrellado, contracción, como advirtiesen, y no por sabias o brutas, sus puntas, viene de una cuerda del gran cello a estremecer cuando la lengua no puede. Y quiero entenderla. Entender lo extendido. Su fricativa en la oclusiva, el texto bajo la capa de pretextos y seguranzas. El almuerzo. Y. O. Luego un muslo, tamboril para bordar- Baudelaire- salsas glosadas de tuétano, cae- pone para instalarse- mi duda en reposo, las arenas a su ola, el pulso del pintor a su (acuarela) cuando le niegan el azul del cielo, el agua a sus caracoles, el redondel, ceguera, a la madeja de la Singer. Y no importa. No es que llegue. Corrijo. Llego tarde siempre. Trago saliva antes que me empoce la siesta, que, al desvestirse, descubre a mi madre alzando un pie ante el pintor. En

última instancia, la insipiente penumbra del soslayo. O sea, una olla chifla. Están los frijoles y hace rato el arroz esperando.  

viernes, 21 de agosto de 2015

El deseoso (Soñando una vez con Charles Bukowski)

Charles Bukowski


El problema no era seguir dándole patadas a aquella cosa con la cara de Bukowski // en rosa, descartado, la lengua sufragio y hecho tierra me observaba. Dote. Creí que era eso porque algo brillante en un pezón, y el desprecio, inexacto, tentación a mis furias, compadecía con titiritantes y afilados dientes abriendo una lata de Old Milwakee- como cuando venía del correo de guinga y mangas cortas. Y por fin, en su justa medida, la patada. La confinada lectura de fulano poeta- insoportable- a zutano pareciéndose. Los taconazos-perenganos- encima del bar con turbios espejos tejían El Internet y sus advenidos ríos de alternos belfos do furcias atadas, diestras y siniestras, a la pata de la cama ante mi capa dengue y La Parálisis anegada del lago (w.w.w.) que me dejara en la piel, verruga de bordado blanco y Seferis. A fin de cuentas, supe al despertar, y al verle la espalda repleta de granos y pecas, sin calcetines y alivio, que si pateaba con botas- igual al gato- caería en medio del séptimo asalto Derrida vs. Bukowski. Y me gruñí, tal ogro al borde del linóleo, qué el mundo se lo merece igual, qué no me importa la piroclástica efectividad del mediocre. A mi edad, balbuceé en busca de los lentes, no es menester, priápico y borracho todavía, estar a salvo de excepcionales idioteces.