Detrás de los plátanos, y más distante, hacia la derecha, la única sensación que me separa de la muerte del Titán de Bronce, es una bandada de gorriones que saltan y presumen ser palomas antes de desaparecer entre los arbustos. Dura poco. Y en ello, creo arrimarme a algo inesperado o que se destierra por un olor a detergente, la camisa que fue colgada al sol después de varios enjuagues con jabón de gas. La cuerda de punta a punta. Una punta desde el techo de la cocina. Y la otra que se pierde en la oscuridad de la puerta del excusado. Y es que no hay una puerta en el excusado. Hay un saco de yute colgado. Se aparta y aparece la penumbra, insustancial, el estertor de un fondo, la colgada visión de las ranuras que ilumina, pero que no logra darle un cuerpo final al momento. Allí, contra el apéndice de la pared, se dibuja el bigote, algo contrariado en los ojos de monedas, un hombre hecho vetas, y con la singular cabellera como en los bocetos de Da Vinci donde el terracota permanece cayendo en bucles por varios siglos.
martes, 8 de octubre de 2019
34 poemas, el diecisiete
Detrás de los plátanos, y más distante, hacia la derecha, la única sensación que me separa de la muerte del Titán de Bronce, es una bandada de gorriones que saltan y presumen ser palomas antes de desaparecer entre los arbustos. Dura poco. Y en ello, creo arrimarme a algo inesperado o que se destierra por un olor a detergente, la camisa que fue colgada al sol después de varios enjuagues con jabón de gas. La cuerda de punta a punta. Una punta desde el techo de la cocina. Y la otra que se pierde en la oscuridad de la puerta del excusado. Y es que no hay una puerta en el excusado. Hay un saco de yute colgado. Se aparta y aparece la penumbra, insustancial, el estertor de un fondo, la colgada visión de las ranuras que ilumina, pero que no logra darle un cuerpo final al momento. Allí, contra el apéndice de la pared, se dibuja el bigote, algo contrariado en los ojos de monedas, un hombre hecho vetas, y con la singular cabellera como en los bocetos de Da Vinci donde el terracota permanece cayendo en bucles por varios siglos.
jueves, 29 de agosto de 2019
34 poemas, el dieciseis
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| Calle 42 y 5ta Avenida, Nueva York (1898) |
Estrangulado. Cada puntada
aprieta esta gramatical manutención. Como abrir un melón fresco en agosto. La
entereza de ese perplejo rojo traducido trepa en el eco de las savias y, al
presentarse, nadie entiende. Sin embargo.
El pataleo. El atoramiento. El coagular de alguna sílaba percibe los sofocos
del Tiempo. O. Intenta, mínima partícula de un viejo oxígeno, aproximarse, dar
por lo menos un indicio antes de aflorar sobre la lengua -teatro de esta
irrecusable repetición- y que, a modo de mutismo, resiste, se interpreta debajo
de las sisas de los vestidos que portan las muchachas al cruzar la 5ta Avenida
y la calle 42.
domingo, 28 de julio de 2019
34 poemas, el quince
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| Giove e Io (1531) Antonio Correggio |
Disuelto. Las hendiduras. El
aroma de los herbazales acumula el triturar, el fondo de un filtro (aguas) vengándose
en la mole. Le apunto la distancia a Ione.
Le murmuro que, de aquí al
próximo Tiempo, La Vida tendrá la memoria de su estirado cuello en esas franjas
que caen hacia el horizonte, tres partes violetas.
Aderezo con sel gris y le
pongo su sitio, espanto tábanos y moscones, mientras afilo los cuchillos.
Me le acerco. No es la
proximidad el evento de la ternura, las grasas al disolverse en el fuego? Y ante el fuego por
ella lloro. Lloro al consumir su delicada carne.
miércoles, 17 de julio de 2019
34 poemas, el catorce
Desde la otra alcoba, desprendido entre la ropa amontonada, marginado debajo de todas las suelas, permutando dentro del esquinero, polvo antaño, y por la lámpara con el roto luminoso y la rendija de la puerta a media entrada, llega el olor a Eros con su cuadrilla de pepinillos avinagrados.
Y si molesta, putrefactas convenciones, transitado puente, mi biblioteca hace presencia en el deseo, a base de aerosol se combate lo invisible, se le da distancia en vez de cuerpo con un pulso de frambuesas o un taconazo de cítricos.
Aquí, yo en calzoncillos, fijándome en las grietas de Las Habanas, se insinúa, evasión, abolir cualquier promesa que mi corazón quisiera ejecutar, cualquier cálculo que la felicidad intentara depositar en mis deudas. O. Quizás sea mucho más simple. O. Daría igual que fuese más torturador? Isabel quiere ir al teatro y vestirse en ese momento que ya escapó; prefiere convocar y almacenar ese otro deseo donde se prolonga la belleza que también insiste vestirse en la otra alcoba.
martes, 16 de julio de 2019
34 poemas, el trece
h)
Habacuc, Habacuc. Cuál de los silencios en su toque de queda reguarda El Silencio. La línea de estos días, líquido humano, verbo que rebota de las aguas verdosas, cruza Central Park en busca del Ángel o Valente. O. Rockaway distanciándose desde los vaporettos, puntos blancos y rojos, y a lo lejos, los Highlands de Nueva Jersey son la misma duda?
s)
Siempre el dolor, como el entusiasmo, ya lo sabes Habacuc, de la roca hacia lo alto, tejido en la fertilidad del orden y la abundancia, demanda, Oh atadura, cimas, ríos, la mar desplegada y la mar envuelta, los puertos y las nostalgias, y el paisaje del tiempo humano.
v)
Vidriera. Aposento. Arca. Ante Manhattan, toca decir que tiene harto precio La Redención. Delineada esta consentida violencia, la divide -horizonte y presente- el óbelo y su sordera.
viernes, 12 de julio de 2019
34 poemas, el doce
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| Manhattan |
¿Cuál dulzura, al trocar el gris, por un instante detiene a los rascacielos? Manhattan. Lo roto y la llave de imparciales jueces estallan contrapunteando al oeste, una columna de pillaje, la trama de los pasajes, el limbo del continente con sus farsantes detalles, la lluvia que se encima. Y de pliegos, achuras, esos complejos rescates de memorias descinchadas. Uno. Sin saber qué hacer con esta América. Ese momento enjalma sobre el ferry una displicente alegría turística. Y tan pronto lo percibe, encaramado en ese vitral, corrige al clonar su abundancia. Inigualable, aparece nariz redonda y roja, cabellera azul, y antorcha en la mano, ese irrescindible YO. Así, ante la vida, y para hacer reír a todos los atracadores.
martes, 9 de julio de 2019
34 poemas, el once
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| Martin Heidegger |
Primero le insinúo Deuteronomio 4:14 y me responde con la firmeza de Habacuc 3:9. Y para darle cuerpo al Altísimo se quita la bombacha y sugiere Sea la Gloria y Tal vez deberías rasurarte la barba y no dejar por perdidos Los Caminos. De mi parte, de calzones, encorvado en la silla plegable, me deroga Heidegger, mi infantil vida política y, sobre todo, esta visión de lo bello (que) se pule mientras (ella) va y viene una y otra vez en incansables círculos por la sala. Incansables veces. Hasta alcanzar la velocidad y la levedad de una insistente mosca.
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