miércoles, 15 de enero de 2014

¿Abusadores con chalecos amarillos?

Schwefel (1985) Gerhard Richter



La basura toma por espacio una explicación, el rodaje del vaivén, el tránsito, un disparejo arrullar en la copa de algunos árboles. En esta calle el material anterior a cada transeúnte embadurna con fragancia de Ajax en frambuesas. Uno se suma con alivio. Uno pretende -por supuesto- acabar de darse un baño. Presume de corte, apretados glúteos, orejas limpias. Y es posible que no sea tan exagerado. Hay márgenes. Como cuando los trabajadores públicos empujan sus tanques y pasan con sus cepillos. Rastrillan ahuyento, delitos de por medio. Ahí. Risita, tensión, el tatuaje con una fecha a una pin-up, guerras de introvertidos colectores, indolentes borracheras, apaños del odio.  ¿Abusadores con chalecos amarillos? Uno concluye. A) Algo se traen. B) Te advierten el azufre. Como si lo que se ve -sucediera- fuera un corto en la mirada que, sin algarabías, aprieta el paso.

lunes, 13 de enero de 2014

Sobre el ruido en la niebla


Staubach (skizze) 1985 Gerhard Richter


Sobre el ruido en la niebla. Los aromas. El cascarón de guayaba, pálpitos, filtro en blanco la sobriedad. Acullá una serie consecutiva de unos amagues devueltos en ciertos abrazos que no rinden nunca portillos, y los procesos, en un ingenio de mecánicas, opérculo aquel bulto hasta rayar distancia, dudan. El ensayo se repite. Lo que se escucha se vuelve a escuchar. Y si resiste percusión no remite ni admite. Mas bien un cucurucho se aprieta a ciegas y a tientas, excepto que el corazón de lo que se pisa deja de latir, y aquello, quizá el hombre, con tanto en el oído, el mundo jamás querrá perder de vista.

domingo, 12 de enero de 2014

El tero




Vanellus cayanus, ilustracion de Santiago Claramunt

Plisando a pujos levanta vuelo el tero. Todo el día estuvo picoteando la vereda, confundido con un yuyo. Nunca se sabe si es pájaro o estrategia de pata partida. O. Y.  Vuelo ninguno de cuyo flanco sobra.

viernes, 10 de enero de 2014

Diecisiete garzas






De raspas, al agua marina dosier -por dócil- un reguero de garzas dejan sus patas, trasmundos, colgando mientras vuelan. Cuando revuelve el aire hacerse una foto función de pixeles hay un primer consenso, parvedad, inadvertida aceleración en la fosa -dejadez- de una palabra por aflorar. Esto. Podría ser que arde, ultima, algo tan nimio. Aterrizan diecisiete en la suavidad de la duna.

jueves, 9 de enero de 2014

Podando el jardín


Gartenarbeit II (1966) Gerhard Richter



Cómo dejarlo claro sin aturdirle. Pasar la mano de contra ojete y confesar buganvillas por almorranas, y traer el domingo, si así se le ofrece entre frescuras cambiar las sábanas de Martha Stewart, chicharrones y croissants hasta que su aliento y el mío sean vocación rival. Después buscaré la excusa, el taparrabo que nos devuelva como socios la carne fláccida y su sabor a pinol, y se engendre mientras vaya subiendo el mediodía, el tintín del hielo en la ginebra, la llama de las partidas por las vencidas, el manubrio de la puerta, su brillo de circo y bronce, y pues que sepa, si quiero partir, la vida no puede ser una longaniza en manos torpes. Que afile un cuchillo, si es que impera su lejana menstruación, imprescindible que salgan parejas las rodajas de sus proyectados muslos.  

sábado, 22 de junio de 2013

La viuda





La casa huele a baño de María. Cuando hay, le pone un ramito de ligustro. Le alivia ese viento que corre por el costado de los cipreses. Llegan inexplicables torrentes de aguas, salpicones, frescor del algodón mojado, piedras enverdecidas. Cappelletti y humo, sal y oliva, la ventana se escapa. Siente su mano, el hombro hundido en el colchón, el esmalte del linóleo, y se mira un domingo en la mar borrosa de sus ojos a punto de llorar. Y sin embargo, la luz entra. Los cazos- tantos tarecos sin lugar- sombras movedizas, bronquios en cada porción de puerta que abre y de gaveta que cierra. Crujir o no el resguardo no se arrastra. Una caja de fragmentos, irrecuperables cinco gestos ponen cuchillo, tenedor y cuchara en el preciso equilibrio de un orden irreversible; y sobre el mantel, sin violar el encaje de resupinados centrosemas, la geometría checa de vidrio acampanado, dos mojones tallan el vino, tensión en el deseo, un címbalo en la cachaza lingual espera, sirve la viuda, encogidos hombros en la rebeca, en dos platos florentinos de alfarería portuguesa, las únicas sensaciones.