martes, 18 de septiembre de 2018

Yom Kippur




Esputa. Intuye Es puta y contrariado putea. Revuelve el arroz mientras ablanda la contraída lengua. Absorto, desde el sobaco al escroto, las blancuras trituran, y cada grano bulle como persas de bronce hipnotizados. Al rato, no sabe cómo se dice y se dice De las aguas al Sinaí - y hasta él- solo hay un diminuto tramo en los naranjas del perdón. Al carajo con los soliloquios Que todo esto es la ruina de invisibles cables para levantar el Gólgota. Acusa. Y. O. Aparte, se convence, en cuestión de leguas y lenguas – siete veces siete siente el alivio- el fuego no es ningún sacrificio horizontal o vertical para ese pentecostés que acaba de cruzar la frontera. 

sábado, 15 de septiembre de 2018

Carmen Herrera (La línea: cómplice cáscara)


Rojo y negro (1993) Carmen Herrera


Untitled  (2013) Carmen Herrera





1
La línea: cómplice cáscara abre en el llavín las sombras de sus amigas.

2
Los puntos llaman a las cejas: un arco sostiene la nota A en la cola de una yegua B.

3
Hay dos momentos multiplicados o una invalidación en el ojo. Y. O. La línea se tambalea hacia la ceguera.

4
¿Observará el ángulo al color sin dolor alguno o ninguno?

5
Máculas: tras ellas las difidaciones advierten a Blanco y Negro.

6
Si el amarillo Decir ha quedado atrapado en el interior del momento, el resto de la línea sería como cualquier día de la semana. 

7
Quien puede escuchar El Paraíso su vida es la consideración del rombo sobre un cuadrado que persigue al rojo. 

8
Por eso las venas cooperan con el agravamiento de la polarización: otro grave estado en el que se absorben las curvas.

9
Querer o no volar o creer en la escala de una inhumana secuencia que presencia a Dios es parte del trecho antes de llegar al anaranjado. 

10
O igual que los verdes en una plaza que entre Éufrates blancos en una plaza se descubren.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Juliette Gréco (Arrastre y encono)

Juliette Gréco 

 Arrastre y encono. El aire, un súbito negro, jalonea las manos que, al bajar, intentan hasta la cintura esa trama dibujar. Y. Los brazos respiran mientras los dedos se rehacen por sus puntas para colgarse desde afuera, hacia el cuello, y para allí arrebatar. Y. Desde los cóndilos hasta las piernas, desde el revés hasta el cabello, cóncavo estado sexual, por la angulada cadera forcejea esa voz, quiebros de marías cargadas por el invisible burro que maldice a la belleza.

martes, 11 de septiembre de 2018

El interior del momento



I)
El pellizco suma la misma intensidad que el olor concentrado a lavanda. Empuja por dentro de la uña del dedo gordo del pie izquierdo. La lavanda, incolora, por los agujeros donde estaban las aldabas del baño se escurre, emite sus vapores desde el inodoro. Relame, dentro de la concavidad, los ácidos, las proteínas, la condición dentro del óxido que intenta resistir. Y si cuestiono el insistente tirón hacia la punta del hueso, y que en una invisible tracción desea en su ignota presencia dirección, desde afuera llega el incesante taladrar contra una pared. Alguien/Algo insiste con un collar de letras huecas contra La Resistencia de los ladrillos y la mampostería. Y cada una de sus partes, al entrar en el apartamento, se destornilla por el aire, vibrante, inconsciente.

II)
¿Cuál dirección lleva el robot (¿Rumba o Zenón?) redondo que gira en el piso? Acaba de salir de su puerto en la cocina. Un ojo verde pestañea en el mismo eje de su circunferencia. Tropieza y gira. Insiste. Algo desde las vísceras lo empuja. Hace círculos, rectas, circunvala, empuja, absorbe, barre, vuelve, choca, derecha, izquierda. Y cuando menos me lo imagino, se acerca curioso al dedo gordo del pie izquierdo. Lo tantea, le pasa su escobilla, por un instante pule la uña, y aterrado por el tirón de mi dolor, se aleja y regresa de donde vino. 

III)
““He caminado todo el día. Contra un miliario al fin descanso, siento la suavidad del musgo, una alfombra verde, casi refrescante. ¿Extremadura o Castilla? A la sombra 42 grados. Detrás del número del miliario las cigarras han dejado de chillar.” Eso escribí. Y también escribí que de las dehesas brota un olor a corcho. Que, desde el corcho, en una mancha tras otra, se elevan cercas o divisiones tras divisiones, piedras sobre piedras, entre encinares y albaricoques, y que las trepo, y entonces atravieso por el pasto hasta llegar a otra, y vuelvo a trepar, y entonces atravieso por el pasto hasta llegar a otra, sin saber donde estoy. Quizás más tarde agregué: “Desde que partí de Sevilla (15 días) no he visto nube alguna. Temo que en el interior de este momento la nube que está por aparecer sea la misma que vi en Sevilla.”” (Fragmento del diario de un peregrino en La Vía de La Plata,14 de julio del 2003.)

domingo, 9 de septiembre de 2018

Como si se aplastara el mundo



Como si se aplastara el mundo, la lluvia. La funda (gris) tendida en la calle, una tensa y discreta iluminación que los autos hilan. La gente debajo de los paraguas olvida. Y el ruido acomoda, extirpa, y por las paredes enladrilladas de los edificios duele como un miembro, un brazo, un pie, que en su forma reclama el dolor, la sensación del peso, el momento de la velocidad en el paso, su contorno impalpable. 

También espera el moral. Desgajado, y ante octubre, las aguas se aprovechan. Las ramas, oscuras psoriasis, gimotean debajo del ruido de la cortina de un avión que aterrizará sobre un mapa en Newark donde se cruzan las pistas y desaparece la melancolía. 

lunes, 3 de septiembre de 2018

Hildegard von Bingen (Crizanta caldemia)

Iluminaciones de Liber Scivias. Hildegard von Bingen y Volmer

Nublado. Y las 12:15. Después de haber leído en un zigzag, las apariencias se levantaron según la marea de letras se coordinaba; el margen dobló por una esquina equivalente a una imagen, a una yuxtaposición de este Y/O lector, y cuando el hambre se convirtió en protagonista, la lectura se diluyó en intermitencias, episodios que desembocaron en la fijeza del amarillo en un revuelto con ajo y cebolla. 

Pero. Al margen, La Duda. En un trozo, El Tiempo. La curiosidad por la palabra Reliquia envuelta en un imprudente olor a mirra. Inclusive, el éter cuajó parte del hambre y el olor de la carne en el verbo Azar. Puse a un lado la lectura. Y El Internet, devoto al consumo, al círculo intestinal de ácidos, gases, invisibles cuerdas que empujan los molinos, orden impecable de cada órgano en la cavidad peritoneal, llegó, justa presencia, a la pantalla, tal noble caballero (argente) cabalgador de circuitos, navegante de motores, circunvalando el Wi-Fi, hasta desmontarse en la página enamorado: 

Aparece el rostro apretado, ovalado dentro del negro, los rasgos femeninos sobre los blancos del garguero y el hábito. Y a veces una piel que, antes que se descubriese la canela, pudiera haber conocido el sol; sin embargo, puede que le pertenezca dicha patina, se argumenta, a la lenta cocción de las calderas del conocimiento divino, y que, por ello, aparece interpretada en varias pinturas bajo lenguas de un fuego superior que desde ella se elevan. Hildergard von Bingen.
  
La lengua japonesa siempre se ha acercado a lo ignoto. Y sucede que, en el momento de contacto, ante el acto de nombrar, (se) atrapa en el misterio el infinitésimo fragmento equivalente a la inmensidad de lo perdido. Hidelgard von Bingen rumió ante lo mismo. Y tuvo que haber vomitado ante la crizanta caldemia. 

miércoles, 29 de agosto de 2018

Teratología

 
Frau auf Sofa (1967) Gerhard Richter


 Isabel se pone un vestido de franjas anaranjadas, sin mangas. Y un poco más tarde, frente a la ventana que acaban de arreglar, se transforma en una gata. Se encoje en el sillón y hacia el vidrio. Y con las orejas atentas, observa a las ardillas retozar sobre las ramas secas del moral desgajado como si en cualquier momento pudiera librar la distancia del patio en un increíble salto. 

Antes de Isabel interrumpirme la lectura, se asoma La Parálisis. El encuentro del viaje y la latitud de las imágenes se esfuman. Y también, la creación de la grieta por donde se asoman los momentos entre sus arquitecturas, y el fluir cuando la gente en sus paralelos se cruza. Las casas victorianas de Cape May regresan bajo sus frondas, y el incierto rumor de sus ventas, los pasillos decorados con espejos y tributarias flores de florentinos plásticos; aparecen trozos incompletos, paredes descoloridas a pesar de una abundancia de pigmentos, a pesar de los excesos de las sombrillas agitadas por el viento en las playas.

Desde el sillón, Isabel, antes de maullar, se queja de claustrofobia. Intento conversar sobre el mapa aéreo de los grandes ríos. Que al desembocar se convierten en una fruta azul como las ondas del Wi-Fi. Y que el agua es una raíz, un mapa hacia al averno donde el meollo es un tipo de síndrome bancable. Y, sin embargo, me pide un dólar. Necesita salir a tomarse un café.

Aprovecho el silencio. Sigo la lectura. Me atrabanco en lo deforme. ¿Teratología? Desde aquí hasta el refrigerador, dentro de este frasco floto conmigo, despacho la primera cerveza del día. Y cuando regreso a la lectura, el llavín de la puerta. El cuerpo de Isabel se desliza de vuelta por la ranura de la puerta. Y una vez completada la entrada, se enrosca en el cojín del sofá donde tiene una amplia colección de sombreros de cumpleaños- cónicos, rojos y amarillos, añiles, verdes tercos, confetis brillantes, plumas de gallinas lilas. Alineados contra la pared, cabezas imaginarias, en espera de un cumpleaños, suman 14.  

Isabel cierra los ojos y se duerme sobre un libro. Y queda en la miniatura de este espacio el leve ronquido que le devuelve su forma. Prefiero regresar a la lectura. Y descubro que, en el latido, la sangre se riega transparente, y en busca de sentido se parece al moco gelatinoso.