viernes, 10 de octubre de 2014

Viaje a Montevideo (Chingolos. Pejerrey. Cheever)


John Cheever

Chingolos. Pejerrey. Cheever. Cada uno con su exactitud. El relato metido en su vaina cuando el contraste se acerca a pronunciar los parecidos. Los saltitos del chingolo en una rama de eucalipto y, de repente, el vuelo hasta aquí, encima del balcón, en busca de mi lealtad. Porque allí queda tieso, hipnotizado por el sol y la brisa. Con los ojos pasmados igual que los 2 quilos fileteados de pejerrey. Pasados por maicena y que, en la grasa, resucitan en ámbares y blancuras, el punto de una pronunciada turbulencia de olores. La historia del mar. La historia de aquellos seres transportados por la seducción de la tierra. Lo mismo que Cheever. Seductor. Seducido. Lo leo mientras sentado en el wáter las gotas- gruesas- caen con dureza dentro de la cisterna. Y pienso irme a sentar en otro sitio donde pueda continuar esta lectura donde el inglés me haga aparecer en Long Island, castellano, en vez de una pecera. Y creo entender: no es necesario si ya lo radical por hoy tiene las distancias percatadas, los cantos de los pájaros catalogados, la textura del papel higiénico en el culo bajo el dominio de experto recorrido y absorción necesaria.

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