La corriente.
Antes que cambie si por las tripas anda. Ojo. Una moza de exageradas tetas. Habría que imaginarse una
línea de ropas recién colgadas, donde juega el tropo, casi luz, risa, y, exultada,
se desnuda. Porque desde que tiene distancia, y desde que se sabe que viene,
pega con su bordón, avisa a paso marcado. Dónde. Peor, por dónde. Con un coro
tipo Beach Boys. Un reflujo con camisa de palmeras (azules y fraude) amaga; y echando
de menos a sus íntimos ácidos se agolpa sin rastros ni membranas. O. Mejor. Es
de noche y nada, allá adentro, en ese pozo de sus intensiones, se puede
describir ni estimular, añadir, borrar, aun echándole púrpura. Hay que tener en
cuenta y se debe andar atento, dos ofensas como ley detesta la corriente. Otra
corriente cuando se detiene. Y. Una casa con ventanas abiertas igual que un
orificio humano.
sábado, 15 de febrero de 2014
viernes, 14 de febrero de 2014
Asunción de poema (quebrado)
1
La nieve. Descolgada,
pupusas. O . Y. Gardenias. El doblaje- aceres-
nuestro rastro unánime, paralelas contundencias, al garguero y los dioses. Qué
nos queda. Duplicidad. Antojos. Se echa este ajiaco, a la postre, pulcritud, y uno
cree que es tan blanca como aquello dónde se creía ser esto por aquel carbón de
la gramática condenada al silencio. Por favor.
2
Protistas. A) No
tan rápidas como la acetona. B) Revolotean las golondrinas a ras de la catedral.
C) Los dientes picados en formas de lo que quieres que muerdan. D) Aplanadora. E)
Punguistas, las muy putas. F) Devaluación de una lista de pre-seres preparada
para denominar la estirpe. G) Y su océano.
H)
Como el yodo.
Columpio al escepticismo. Una estrategia determinando que este mundo, repetido,
vulcaniza el espectáculo, para no volver. Imita los cancioneros. Una latitud
del flaqueo arde en la paráfrasis del exterminio. Después. Y halla una solución
mas allá. De la explosión. Del gusano blanco antes de desenrollarse en las
costas.
4
Uno, almágana en
tensión, jarra vertida, pone su sufragio. Un remendón, pululos y lastimero,
hace tres quiebros, como Messi, y nadie vuelve a pensar en el dolor; pues, otrora,
más que ubre es vaca para llenar las tensiones y espitar el cubo de leche
fresca y pasterizada. En caso que se quiera llevar democráticamente.
5
Y es, en teoría,
repito, una pista. Participio. Delirio. A la par del descuartizo- unas cervezas
frías- el rumor en las lagunas saladas de California del Sur, los pelicanos
blancos. ¿Calcificaciones en el estado libre
de la belleza. Alguna vez dónde se confirmaran las aguas desgarre? Y. O. Enmienda
la historia de Lot. Allí Corot. En el estado paranoico de este poema. Cuota el silencio.
Y para el bien de todos.
lunes, 10 de febrero de 2014
El corte de la mosca (a Ichi, el masajista ciego)
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| Afiche cubano (ICAIC) |
Ichi. Bastón
relámpago, getas sonoras. Zatoichi. Nublados sakes en Edo. Hábiles manos y apuesto a que
por arte de magia, madre dice, se las llevó el viento de tantos cadáveres, por
Dios. Y es que a un lado todos, los niños, nosotros, a palos, hemos una cruz
por espada hecho a un japonés ciego nuestro cristo, el pistolero, corsario y
pirata. Un masajista. Boca rosa, temblorosos labios, devorantes ante las bolas
de arroz, tan húmedos que nos pasamos por la manga el hocico sin querer. Y al
almuerzo. Redondos violetas, moretones en el imaginado kimono, las espaditas,
esqueléticas poses cubanas al grito egcoñoetumadre, asunto de vida y muerte, forcejean
hasta la mesa. Y pues, quién primero la mano mete por el más dorado de los
fritos. Y. O. Los tres órganos divididos.
Molleja para mi, el hígado mi hermana, y para el benjamín el corazón, la
estocada de madre, y basta el jarrón de hielo que flota en el centro de padre y
su ceguera. Su distinguida mano, anillo masón, rápido hasta la boca un muslo
devorado antes de que amén el señor nos guarde y bendiga, adjunto y post data, a
los que tendremos que defender un día no muy lejano con nuestras afiladas
espadas. Y puede que al final, las enloquecidas moscas tras las pegajosas
invisibilidades del almuerzo hayan cometido, por lo menos una, la osadía de
posarse en su nariz. Para siempre quedará en esa celuloide el manotazo en el aire,
el corte terminado del gesto. Cerrado el puño unos instantes. Luego. Abre la mano- qué
cámara lenta- y al mismo tiempo, inmensurable tiempo, se levanta, y deposita en
la mesa, alas torcidas nuestra alegría, una descojonada mosca.
domingo, 9 de febrero de 2014
Santiago de Cuba (revisited)
A medio tarso
(mitad tirso) lo otro. Un morro. La espera cuando la luz se estrella. Uno atiende a Esteban Salas tan pronto las cosas se elevan en la crema clásica de esa fe. De esa
mansedumbre entre los mosquitos. Recuerdo de
domingos. El camino por las aguileras, la cáliz, los flamboyanes y el
cielo torcido de mis padres enamorados cuando se llegaba adonde todos se
reunían mudos.
Y al evidenciar,
al tajo de estiércol, recién afiladas tijeras, los estribos, encaje mozárabe el
pregonero, el relincho por lo que habrá jalado el corcel hasta el puerto, cascos
llenos de ansias, una atmósfera, sin especificar el círculo luminoso de un niño
barroco en brazos de la virgen, juega al escondido a estas alturas, la enramada
oteo y melaza los corpiños sin sus levaduras de niñas bien.
Cuándo cae. Cuándo
pasa. Terral o alisios. El deterioro. Grutas el perfume del pru, barrancas,
donde acostarían mancebas ardientes el lunar y el Tivolí. Será eco la corneta
china. Y sin embargo, La jiña ha insistido, hombro girado, en el polvo su bordado. En el
portal de los verdes de larga respiración. Jardines. Papayas y verdolagas, el
sopor que baja por el tránsito de Garzón entre las campánulas
así. Como en el
cine. Un deseo cortar quisiera dos las vesículas en esto de hombre desde el sabor
de su materia, y esculpir al aire –simple acto- de entrega. La fiereza, la
pugna en el carnaval, la cañadonga, su glosa.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Su hilandera la lluvia
Con su hilandera
la lluvia al sacabuche (Dario Castello) arruina su oleaje pulmonar antes que
pueda sacarme los zapatos. La ventana, dos pasos, de repente en el vidrio se
traga el resto, quiero decir En vez del silencio, Resume su rigidez el
nubarrón, su transporte de enormes cartaginenses,/ y, también una ciudad
cretina, y, la vuelta de la ventolera avisa, lengua y fanfarria, a los morales
en susto la helada. Todavía, casi al doblar el espinazo, se me ocurre que
pudiera caminar hasta los huesos sentir su génesis, la contaminación de su ADN.
O no. Cerrar los ojos. Frotar La transparencia en los dedos, en una fogata
donde comienza la idolatría. O una dulzaina. Pero no. No habrá que temer un
diluvio hoy. La tina ya está llena.
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