jueves, 23 de abril de 2015

El deseoso (Hijo mayor)


Frau Wolleh mit Kindern (1968) Gerhard Richter
Yo no hacía más que darle vueltas. Era, total, La Casa. Era flor de piso. Los mosaicos fríos. Era el café. Nos sublevaba por lo que éramos, la baba de lo interno. Hijos de Aaron Vivíamos en un borde sin forma. Dentro de una excusa sin salida. Me decía en los días de peor hambre Si me peleas te voy a romper la sicritilla Te vas a dormir Te vas a comer las amapolas del patio. Y entonces. Asomaba en las amapolas el desguinde de las granadas. Se ponía con un cordel a pescarlas igual que si fueran mariposas acuáticas. Verás, decía en voz alta, las tiñosas jaloneando las tripas de un pollo. Olerás el hedor en la letrina. Y nos contaba un cuento Tu culito está contento. Se levantaba sobre la higuereta, dios, tan vidente y papalote, que las cosas terminaban confundiéndose con un programa en la radio. Las voces. Los temas de Pacho Alonso. El ciclón del 27. Y cuando invadía el día de pan fresco, imaginábamos el huevo frito, el agua de azúcar tintineando. El regocijo era tal que arrastraba medio mundo, toda síncope, hasta la orilla de la mesa y la punta de su nariz sudada. Le salía como un chisguete (zinc) de bordado placer el movimiento. Aparecían luego desenvainados los temores, nosotros, diminutos. Volaban las moscas, culpables y no, no lejos de su mirada. De cuerpo entero. Allí parada. Comíamos enmudecidos. Y la miraba. No. No dejaba nunca de mirarla. 

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