miércoles, 22 de abril de 2015

Fragmentos sobre Eduardo Galeano


Eduardo Galeano
 1
Nunca me interesó conversar de Eduardo Galeano. Lo leí de joven con las venas abiertas de aquellos días donde me desplazaba entre algunas inocencias que todavía me fluían de mis lecturas bíblicas. Aquel entusiasmo, como todo catecismo, duró poco. Me perdí en otra lectura. Me atasqué y me dinamitó la poesía. Y Galeano se desvaneció, por suerte, en aquel cemento que pesa y sella un momento.

2
Lo vi cruzar por la Plaza Matriz rumbo al Café Brasilero 1877 con un portafolio en la mano derecha. Llovía. Hacía frío y viento. Exhibía la calva. Cuando le pasé por al lado tenía el abrigo abierto y le colgaba la bufanda. La testarudez de los uruguayos contra el viento del río es harta y conocida.

3
Una vez, mientras navegaba en los canales de la televisión, lo vi dando un tour a un imaginario documentador en Buenos Aires. Pensé “Galeano se ve afectado por una largo historial de conversaciones y manerismos de mesa.” Sopesé por un instante las lecturas que lo habían desplazado. Gombrowicz. Luego, la lista se fue ampliando. Galeano se sentó en una mesa de un café. Yo me levanté. Y contrariado fui a la biblioteca del cuarto. “El Diario Argentino” y “Bacacay” no estaban en su lugar.  

4
Ayer, cuando Isabel me llamó para darme la noticia que Galeano había muerto, estaba esperando el 167 y pensé, cuando vibró el móvil contra el muslo, que algo grave le había ocurrido o que, como a menudo me sucede, se me había olvidado el llavero. “Mirá, vo” le dije. Sumé “Creo que 70 y pico”. Añadió a Gunter Grass a la lista. Calculé “80 y pico”.

 5
Cuando lo del mundial del 2010. Me agarró la sorpresa. Yo estaba sentado frente a una caña en un bar de Logroño. Cuando parecía que el equipo uruguayo de futbol iba a pasar el balón 4 veces sin pifiar, apareció Galeano en el continente africano montado en una carroza. Allí fotos. Allí rodaje. Allí la figura severa del cronista. En aquel carnaval de entusiasmo no entendí qué Eduardo representaba en esa murga. O. Y. Qué coño hacía yo mirando aquello.

6
El auto pasó por una calle. En esa casa vive Eduardo Galeano. El conductor no se animó en dar más detalles. No supe cuál casa. Había varias casas. Como las casas que hay en Montevideo en una calle cualquiera. El conductor no sacó las manos del volante. El tipo conducía mal. Y se le notaba un alto nivel de inseguridad cuando tenía que cambiar de línea o doblar a la derecha. Miró por el retrovisor como queriendo decir algo. Quizá, a su mejor juicio, no pudiendo hacer dos cosas a la vez, optó por guardar silencio.

7
Muchos años después. Íbamos rumbo a una pequeña biblioteca con el nombre de Felisberto Hernández cuando el conductor, un señor de barba profunda y buen hablador, me preguntó si conocía a Eduardo Galeano. Él se encargaba del encuentro. Guardé silencio. El complejo de Euskal Erría me recordó las prefabricaciones del bloque soviético. Dicho complejo alberga en sus entrañas, y en uno de sus edificios, la pequeña biblioteca. En ese lugar sombrío, y de cuyo gris prefiero no acordarme, hay fotos y caricaturas del escritor y del músico, libros amontonados, un enjambre desorganizado de nostalgia empapelada. En frente, hay un quiosco. Y se pueden ver, desde la vidriera de la biblioteca, a los niños jugar como en un túnel. Y. O. A los mayores comprar la quiniela vespertina.

8
Cuando entró, dobló sin mirar a la izquierda. Ya yo estaba parapetado contra la pared donde cuelga su foto. En dicha foto se le ve ensimismado mirando hacia al exterior desde el mismo asiento donde yo estaba sentado. Dio la vuelta ante su error. Se sentó, sin sacarse el abrigo, en unas de las mesas contra la pared, al lado de la estufa. Agarró un diario que estaba en la mesa. Lo abrió. Y cuando llegó a la segunda página me miró por encima.  “Le agarró el sitio al maestro. ¿Desea algo más?” El mozo giró disimuladamente la cabeza. Creo que se disculpaba con Galeano.  “¿Al canoso?” Volví a pedir otro Napoleón del país y Salus con gas.  Le quité la vitola a un Romeo y Julieta. Entreabrí la ventana y regresé a “Los anillos de Saturno” de W. H. Sebald.  

9

Nunca me interesó conversar con Eduardo Galeano. Una tarde entré en el Café Brasilero 1877 después de un asado en el Mercado del Puerto. Y allí estaba sentado Galeano, en la mesa de la estufa, al lado de una mujer joven. Y también había un hombre sentado a su derecha. Era igual a Bryce Echenique o Alfredo Bryce Echenique. Al verme, Echenique, entusiasmado y contrariado, casi se levanta de su asiento. “¿Nos conocemos, verdad?” No estoy seguro que nos hizo reaccionar a ambos.  “Sí. Se parece Ud. a alguien. Pero hace tiempo le he olvidado.” Seguí, sin más, hasta una de las mesas del fondo. De espaldas a los tres pedí un cortado, un Napoleón del país y Salus con gas. 

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