miércoles, 3 de junio de 2015

Viaje a Los Adirondacks (Al otro día)

Abstraktes bild (1992) Gerhard Richter

El huevo primero en la mañana del siguiente. Huevo para despertar la gallina en mí. Resta decir que bato con especies (India, Kazajstán, Tabasco, Monte Cristi) y se me va la mano-el brazo hasta el codo- en el Mar Muerto. Al final adquiere el batido, segura francesa, su partitura entre el aroma del café y el pan. El frio matutino saca por debajo de la hierba una sevillana contra la piel. Y cuando se filtra el sol los pájaros inician, aunque ninguno compadece, a lo lejos, una desazón que arrastra el lago inmóvil.

Caminamos hasta la orilla. Lake George. Hecho de platas y fundas glaucas. Se amplifica la luz, la plata se distribuye, en rizos. Se van en ráfagas, extienden, quedan temblando en el mismo sitio por un largo tiempo. Allá, entonces aparece, encima de la orilla, a casi un kilómetro, la base de la montaña. Se abre en una enorme cadera y termina, voluptuosa, a la derecha, en un perfecto pezón juvenil. Nada pasa. Y de repente, un pato, en afán por llegar a un sitio, vuela a ras de agua, y después de un corto vuelo, se deja caer, y resbala en el agua.

Si otra vez, por casualidad, algo plateado se levanta, giro la vista hacia donde el muelle se conecta con algo que nada tiene que ver con el agua. Mis amigos hablan y sus voces se quedan a la orilla de otra orilla, una más lejana que ésta, acá con sus hojas descompuestas, dentro de la madera gris e hinchada del muelle, en forma de una escalera, frente al allá del lago.

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